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Me follé a mi entrevistada

Última respuesta: 14 de agosto de 2013 a las 1:21
A
adjona_9113647
12/8/13 a las 20:15

Tengo que reconocer que soy un periodista reconocido en mi país y como buen periodista que soy, me llaman amarillista, soy perseguido por los medios y envidiado por todos. Mi buen renombre ha sido fuertemente ensuciado por las declaraciones furtivas, de una actriz y colega en el mundillo de los medios que no dudó por un instante en poner mi profesionalismo en tela de juicio para buscar reconocimiento mediático y encabezar todos los periódicos y revistas para dejar mi nombradía por el suelo.

Todo empezó en un día martes, era una entrevista de rutina. Estaba en la puerta de su casa, aguardando a que tres golpes a la puerta fueran suficientes para incitar su atención y mientras esperaba, se escuchan los pasos tras la entrada que daban aviso. Al abrirse el portón, pude ver como su sonrisa contagiaba mi alma de felicidad pura y sus ojos cristalinos, ruborizaban mis mejillas, dejándome desprovisto de cualquier defensa ante su belleza sublime.

Los minutos se suceden, sigo expectante y ella me invita a pasar al vestíbulo, donde me regodeo por su admiración a los desnudos de Goya y el arte barroco que invade cada uno de los rincones de su hogar. Lleno mis ansías con un vaso de agua y en este entretanto aprovecho para organizar mis preguntas. Cuando se acerca, una sonrisa nerviosa invade mi rostro, me aferro a los enseres y lucho por mantener la cordura, pues jamás había sido abordado de esa manera. La entrevistada (de la cual no voy a revelar su nombre), relucía un vestido de ensueño, con tirantes de color rosa pálido y gran escote, dejando al descubierto sus espaldas y piernas holgadas, curvilíneas. Por un momento, sostuve la respiración en anticipación y, antes de lo imaginado, estaba sentada en frente de mí, con pose estoica, aguardando lo que en un principio aparentaba ser una entrevista, pero que luego resurgiría en una revelación de amor y entendimiento.

Tomé mi esfero negro y me apuré a sacar mi grabadora, la tinta espesa de mi bolígrafo chorrea sobre las páginas incólumes que tenía preparadas para la ocasión, y de repente ella me dice con tono trepidante:

- ¿Necesitas ayuda?

Por lo que yo respondo:

- Todo está bien, gracias.

Sin embargo, tuve que desprenderme de aquellas hojas y empezar a grabar una a una cada palabra de su voz melódica, que me desarmaba también al ver fruncir su rostro con cada pregunta. Al cabo de la entrevista, me preparo para despedirme. Sin embargo, con mucha insistencia, ella me invita a pasar al bar de su casa, donde tenía agrupada por colores y tamaños, variedades de copas y toda clase de vinos, desde los más clásicos hasta los más vanguardistas, procedentes de países como Francia e Italia o regiones tan célebres como California y Ribera del Duero. Y, a medida que la noche avanza, los tragos van y vienen y su lengua se hace más afilada, más mordaz. Se siente la diversión y de complemento suena una canción. El fervor es el protagonista de la escena. Copa tras copa, jamás se apura, ni logra emborracharse, y me toma de las manos. Me pregunta:

- ¿Bailamos?

Y yo le digo.

- Sí, encantado.

Y cogiéndome de las manos, para que le ayudara a pararse, se levanta de su puesto y pude apreciar su estampa que relucía del asiento, esta delineaba su esplendente y voluptuosa figura. Posteriormente, nos dispusimos a bailar y ella reposó su cabeza en mi hombro, confesando solemnemente que sus verdaderas intenciones yacían en la desesperación, un amor, un odio que no tiene un lugar en el que esconderse; encontrando en mi la única salida para colmar sus intenciones inocuas.

Y justo ahí, fuera de la zona de confort y apartado de cualquier licor, se encuentra su dormitorio. Entramos en el y me tira a la cama. Sin darme cuenta, cierra la puerta con llave, y la lanza lejos. Empieza a besarme tiernamente en el cuello. Luego sube lentamente y comienza a acariciar cálidamente el lóbulo de mi oído izquierdo, haciéndome gemir al contacto. Me desviste completamente, y yo hago lo mismo con ella. Nos quedamos desnudos y hacemos el amor, mientras mi grabadora seguía registrando cada momento por el que estábamos pasando hasta el despertar en la mañana.

A los pocos días de publicar la entrevista en la página web del noticiero, empiezo a recibir insultos y reclamos, incluso de los más apasionados seguidores. Ya no había nada que hacer, la entrevistada me había denunciado por acoso sexual y violación carnal, yo ahora figuraba como el protagonista de mi propio noticiero que no hacía nada más que injuriar mi propia imagen. Sólo quedaba algo por hacer, la grabación que aún estaba en mis manos era mi única salvación y fue esta misma la que me liberaría de la cárcel y de mi vida, que jamás volvió a ser la misma, más que un recuerdo vacío y doloroso de todo en cuanto se había perdido y, en mi interior sentía compasión por ella, cuya alma enceguecida era como una vela apagada que no volvería a ver la luz del sol tras muchos años de encierro

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