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Una despedida amorosa

27 de julio de 2009 a las 3:09



Habíamos llegado de cenar en Carpaccio, uno de los más concurridos y selectos de Miami. El regreso ninguno de los dos hablo durante el viaje. Salome manejaba mirando hacia delante, absorta en sus pensamientos de los cuales no me atrevía a preguntar. Al llegar fui directamente al guardarropa comenzando acomodar las camisas en mis valijas para retornar por la mañana a casa. Sentía una angustia, un dolor que bajaba desde la garganta hasta mi corazón. Era un dolor sin consuelo, sin sorpresas... con una mezcla de una extraña soledad. A los lejos desde el living llegaba una canción de Nana aquella de NO ME DA MIEDO MORIR JUNTO A TI que habia bajado de
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Salí de mi ensoñación cuando escuche sus pasos, me di vuelta y la vi justo frente a mí.
Tomó mi cara con las dos manos y me beso, me mordió los labios, me succionó con furioso frenesí.
A duras penas dejé las camisas en el suelo y la abracé con no menos deseo. Sentí sus pechos aplastarse contra mí y sus piernas cerrarse sobre mi cintura. Susurré su nombre mientras mis manos recorrían sus costados y poco a poco comenzaron a sacar su camisa de la pollera mientras se colaban furtivamente por debajo acariciando directamente sus pechos.
Ella se echó atrás, dejándome hacer y mirándome con expresión extraviada. Comenzó a gemir cuando alcancé sus pezones y los retorcí suavemente. Su pelvis se restregaba contra mi pene que estaba alcanzando considerables proporciones.
Y de pronto se levantó, deshizo el nudo de la cintura y su pollera cayó a sus pies. Su bikini siguió el mismo camino. Puso uno de sus muslos en mi hombro y me ofreció su vagina. ¡Qué podía hacer sino rendirle honores! Mi lengua trazó el camino de sus labios. Su aroma era muy excitante y su humedad un néctar para mi boca. La recorría desde arriba hasta su culo y vuelta empezar. Paraba a veces en su clítoris y mis labios se curvaban para abarcarlo y lamerlo más intensamente. Sus manos estaban en torno a mi cabeza, tomándome por la nuca y de tanto en tanto me pegaba más contra su sexo.
Seguí chupando y lamiendo esa delicia mientras mis dedos hurgaban entre su culo y su concha, abriendo los labios, dilatando, acariciando las nalgas. Hasta que sentí cómo sus gemidos subían de volumen y sus caderas y piernas comenzaban a temblar.
Mis labios quedaban atrapados por la fuerza incontenible, con sus dedos como garfios en mi pelo; los gemidos dieron paso a un instante de silencio... luego un aullido y un suspiro profundo, me confirmó la llegada al orgasmo. El arte de amar tántrico es la necesidad del varón por retardar su eyaculación para conseguir que su compañera tenga también el máximo placer.
Son muy importantes los juegos eróticos previos a la propia penetración, no solamente como una forma de que la mujer pueda alcanzar un gozo realmente profundo cuando llega a la culminación del orgasmo, también sirven para fusionar emocional, psíquica y gozosamente a la pareja de amantes.
Siempre pensé que un buen amante ha de conseguir que su pareja tenga los primeros orgasmo incluso antes de haberse desnudado él y por supuesto, antes de cualquier penetración. Salome había tenido el primero de la larga serie de orgasmos que disfrutó aquella noche. Con el tiempo me puse a su altura.
Comenzó a relajarse, se separó de mi cara. Se puso de rodillas y mirándome con los ojos húmedos y la respiración agitada comenzó a desabrochar mi cinturón, abrió mi bragueta y tiró de mis pantalones hasta sacarlos totalmente, al tiempo que me quitaba también los calzoncillos. Mi pija apuntaba insolente al techo.
Ella se detuvo el tiempo justo para quitarse su blusa y sacarse las tetas fuera del sostén, ofreciéndose sobre sus copas. Tenía unos hermosos pezones marrones, que invitaban a besarlos durante horas.
Sin mediar palabra pero con una sonrisa erótica agarró mi pija con una mano y, mientras se sujetaba el pelo con la otra, se la metió entera en la boca. Comenzó a mamarla con una cadencia suave, lenta, cerrando los labios cuando subía y relajándolos cuando la chupaba de nuevo. Su lengua no dejaba de moverse en círculos sobre mi glande.
Me apoyé en los almohadones y disfruté del espectáculo que me ofrecía. Me fascina ver a una mujer chupando mi pija con deleite, saboreándola, haciendo de su boca un instrumento de placer tan satisfactorio o más que su propia concha.
Y Salome sabía hacerlo muy bien. Estaba consiguiendo ponerme en un estado previo al éxtasis, cuando se contraen los músculos y parece que la cadera se levanta al encuentro de esa boca que está sorbiéndote y sientes que de un momento a otro vas a vaciarte en su interior sabiendo que puedes retrasarlo y evitarlo, con un maldito deseo de hacerlo. Sintiendo el goce profundo y la explosión interior que baja hasta tu glande y evita una acabada para entrar en el éxtasis tántrico.
Ella le añadió un movimiento con su mano a lo largo de todo el tronco creyendo que mi semen volaría hacia ella y abrió la boca esperando la descarga que se desparramara por su lengua y se perdiera en su interior.
Por unos instantes quedo sorprendida mirándome, esperando... La mire y la atraje hacia mí.
Como una gata satisfecha sin abandonar las caricias a mi pija, se refregó lentamente, me besó y se acurrucó en mi hombro. Abracé su cuerpo y charlamos largamente, con intervalos de silencios que lo decían todo. Estaba feliz y creo que ella se sentía igual nos reíamos de nosotros mismos, de nuestras caras cuando hacíamos el amor, nos acariciábamos y poco a poco nuestros cuerpos pidieron la culminación del goce, a medida que nuestras bocas volvían a explorarse.
Se puso nuevamente de rodillas y me abrió la camisa. Acarició mi pecho y pellizcó mis pezones. Se rió con ganas al ver el salto que di. Luego tomó mi pija otra vez erecta. Sus manos la llevaron a los labios de su concha y comenzó a pasarse el glande, lo llenó con su flujo y se masturbó con él. Acarició mis huevos mientras seguía dándose placer. Me estaba calentando hasta el extremo que ella precisamente quería. No pude aguantar más sus manoseos, el calor de su concha y su mirada desafiante. La agarre con ambas manos por el culo, la alcé y la senté sobre mi pija. Penetró de una vez, hasta el fondo. Dejó escapar un profundo suspiro...
Comenzó a mover sus caderas en círculos. Controlaba totalmente la penetración, decidía cómo y hasta dónde quería que le entrara. Alzaba su culo hasta que alcanzaba a verse el glande y se dejaba caer nuevamente mientras una casi imperceptible canción salía de sus labios. Era el canto de la hembra sobre el macho; el orden sobre la improvisación... El canto de nuestros ancestros, de nuestros orígenes.
Seguimos así, mientras mis manos no paraban de acariciar y amasar sus tetas, de meterlas entre sus muslos para acariciar su clítoris. Nos besábamos, nos mordíamos los labios. Sus uñas desgarraban mi pecho, mordía con fuerza mi cuello, tiraba de mis cabellos. Estábamos gozándonos, ardiendo de deseo y llenos de vida. Era un encuentro inesperado, no planeado, pero lo estábamos disfrutando con la sabiduría de los viejos amantes que conocen el cuerpo del otro y se entregan a él para darle placer. Era la despedida.
Murmuraba mi nombre con voz temblorosa. Yo musitaba cortas explicaciones de volver a vernos pronto.. Nos animábamos el uno al otro disfrutando sin medida. Y seguimos cogiendo hasta que el orgasmo nos abraza como una inmensa ola en el mar. Los cuerpos sudorosos, cubierto de placer y de pasión, perdidos el uno en el otro. Ella aferrada a mi espalda en pleno éxtasis y yo llenando sus entrañas con un grito gutural.
Después de ducharnos me ayudo a terminar de arreglar mis valijas. La veía ordenar mi ropa con manos temblorosas, lo hacia muy lentamente hasta terminar cerrando las mismas y poniéndole candados. Pasamos el resto de la noche con su cabeza recostada sobre mi pecho y contándole cuentos infantiles hasta que se durmió.
Al día siguiente me despertó el olor del café, me duche, me puse un traje de Armani color negro con una camisa gris claro, corbata al tono y zapatos negros. Al entrar al living la vi sentada a la mesa adornada con flores frescas, mirando el mar mientras aquella canción de Nana volvía a escucharse. Desayunamos en silencio, ella bebía su café siempre con la vista al mar, yo con un nudo en la garganta. Al terminar y querer ayudarle a lavar las tazas me miro, murmuro ¡Déjalas! Mientras tomaba mi rostro y depositaba en mis labios un beso que fue el resorte que hizo estallar toda mi ansiedad contenida que nos llevo ahí mismo a volver hacer el amor en un estado salvaje, impensado pero eternamente dulce. No quise ducharme, quería conservar su aroma, su presencia. Me ayudo con las valijas a ponerlas en el baúl de su camioneta Honda 4x4 y partimos hacia el aeropuerto de Miami sin dejar de mirarnos y mientras ella manejaba le acariciaba los labios de su vagina que dejaba escapar una corriente de flujo que empapaba hasta el asiento. Nos seguimos mirando y besando en las tres horas de espera que parecieron minutos, sin querer ninguno de los dos hablar sobre un futuro que en ese tiempo era casi imposible de repetir.
Siempre recuerdo con extraordinario cariño, el calor y la tristeza de su mirada cuando nos despedimos con una caricia y un beso que me dio sin mirarme a los ojos humedecidos cuando embarcaba rumbo a buenos aires.
Mateo Colon 01/10/1998

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29 de julio de 2009 a las 14:34

Me encantó
Es de esos relatos que cuando terminas de leer haces ahhhhhhhhh y quedas pensando...

Si, soy una romantica jaja.

Un beso.

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