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Se puede volver a enamorar de tu pareja después de una infidelidad?

18 de abril de 2006 a las 17:25

Hace como un mes que he dejado a mi amante para intentar reconciliarme con mi marido, nunca le dije que tuve una aventura con un hombre, pero este tipo de vida no es para mí, me enamoré sin buscarlo y tuve una relación de casi dos años, hasta que decidí romper y decidí romper la parte más fácil, por decirlo de una manera, ahora estoy con mi marido y no estoy mal pero mis sentimientos no son los mismo, pensáis que pueden volver a surgir o cuando pasa una tercera persona, dificilmente puedes volver a estar como en el pasado?, estoy hecha un lío y no soy feliz o por lo menos como estaba antes, es cuestión de esperar para ver si vuelve a surgir o quizás esto ya no vuelva nunca más, que opináis? un saludo a todas/o

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18 de abril de 2006 a las 17:44

La evolución en el amor
Por
José María Vidaurrazaga

Difícilmente se quiere entrar en estos temas porque se trata de asuntos muy delicados en los que son frecuentes las opciones endurecidas y las pasiones de años de problemas y heridas.

Creo sin embargo que hay que enfrentarlos y hablar claro de los hechos y sus consecuencias. No es sano negar que las opciones humanas tienen resultados objetivos de bien o mal para todas las personas involucradas. Decir "no pasa nada" no logrará nunca reconstruir la realidad personal tan herida en una ruptura.

En todas las familias se producen circunstancias difíciles. Es cierto que la frecuencia y el grado de dificultad de estas circunstancias van a depender de cómo haya ido desarrollándose la vida conyugal de la pareja a lo largo del tiempo. Pero no hay que asustarse porque esto pase, pues todas las familias, inevitablemente tendrán que ir afrontando y resolviendo estas difícultades si quieren seguir adelante. Naturalmente que según como se afronten estas circunstancias, se obtendrá un avance en la vida familiar o un retroceso, que algunas veces puede ser tan grave, que, lamentablemente, tengamos que hablar más delante de familias en circunstancias difíciles.

1. Divergencia y convergencia.


Si bien el casamiento libremente aceptado reúne a los novios transformándolos en "una sola carne", esta unidad no deja de descansar sobre la dualidad de personas que la componen. Y, por intenso que sea su amor, los recién casados notarán rápidamente que, a pesar de ser uno, continúan siendo dos.

La pareja, a la búsqueda de su unidad, debe de vivir hoy de manera que mañana pueda seguir siendo pareja. Los esposos, en perpetua búsqueda de la unidad, pueden pasar de la convergencia a la divergencia: Su existencia es encuentro o desencuentro.

a. La indispensable unidad.

Primeramente, la unidad es muy necesaria para los esposos y consecuentemente para la familia que ellos fundan. Se convierte en una necesidad el alcanzarla.. Hay que llegar a ella porque es cuestión de vida o muerte en relación al amor. En efecto, un matrimonio no puede vivir y sobrevivir si no logra unirse sólidamente para hacer frente a todas las eventualidades, vencer los innumerables obstáculos que surgen inevitablemente en el transcurso de toda existencia humana, para construir su felicidad.
La felicidad para los cónyuges sólo es posible si se integran verdaderamente uno y otro, alcanzando la exigencia de amor que consiste en construir una profunda unidad. No hay amor sin unidad; no hay felicidad sin amor; por lo tanto no hay felicidad sin unidad. La necesidad de unidad se coloca, consecuentemente, en un primer lugar absoluto, como espontánea exigencia del propio amor.

En segundo lugar, es un imperativo impuesto por la vida en común. Tantas opiniones como cabezas dice el viejo proverbio latino. Sin embargo, en la vida conyugal, como en cualquier otra existencia, es necesario decidir, tomar una orientación determinada en relación con un fin frente a las diversas realidades que enfrenta la pareja. Es preciso por ello llegar a poseer una visión común de los problemas, una inteligencia en común de las cosas y de las personas, una voluntad común con respecto a lo que debe hacerse, una libertad común ante las múltiples opciones. Sin esta unidad que habrá que elaborar poco a poco, es muy posible que la vida de los dos se convierta en una serie de conflictos insolubles, debido a los cuales los esposos vivirán en un estado de perpetua oposición.

La unidad es condición de la paz; sin ella, el hogar se convierte en un nido de víboras, como afirmó Mauriac, donde cada uno trata de engullir al otro.

En tercer lugar, la necesidad de unidad surge del hecho de que la vida conyugal no es sólo una sociedad con dos miembros, como muchos creen. Una vez iniciada, se enriquecerá, antes o después, con los hijos, que crearán la comunidad familiar y constituirán ante los padres una viva exigencia de unidad. Efectivamente, los hijos sólo pueden crecer y encontrar su equilibrio y su felicidad en la paz. Y según lo que acabamos de decir, es evidente que la paz sólo se elabora en la unidad. Si los padres chocan entre sí, si viven en perpetua divergencia con relación a todo o casi todo, si no consiguen elaborar un comportamiento común y definir idénticas directrices en materia de educación, el hogar se convertirá en un infierno..


b. La unidad difícil.

Hay que dejar en claro que esta indispensable unidad no es algo automático y que tiene dificultades que la pareja ha de ir superando a lo largo de su vida matrimonial, si quieren llegar con sus hijos, a ser una familia feliz. ¿Cuáles son los elementos principales que dificultan la realización de la unidad conyugal?

Dos personalidades.
La primera dificultad consiste en armonizar dos personalidades distintas y a veces aparentemente imposibles de un entendimiento mutuo. Cada ser humanos es irrepetible y distinto a todos los demás; por ello decimos que tiene una personalidad propia. En la vida conyugal las dos personalidades de los esposos se sitúan frente a frente y, si no son capaces de conjugarse, vivirán en una permanente divergencia.

Dos egoísmos.
De forma inevitable, aparentemente, todo ser humano está predispuesto a un egoísmo congénito.
El egoísmo es, manifiestamente, una gran dificultad para la unión, porque se convierte en obstáculo. Amamos a otro porque pensamos en nosotros mismos. Nadie lo reconoce, pero el hecho existe.
Este vicio congénito es inevitable, y se prolonga a lo largo de toda la existencia de la pareja. El matrimonio se ve constantemente amenazado por el retorno del egoísmo, que compromete tanto el amor como la unidad.
Los conflictos son inevitables. Resulta algo normal, y el que alguien se asombre demostraría no entender nada de las cosas del amor. Pero, si bien resulta natural, cualquier conflicto nacido del egoísmo es peligroso, porque, de conflicto en conflicto, puede ocurrir un apartamiento recíproco que se convierta en desunión crónica.
A los dos elementos ya mencionados se añade un tercero, y de no escasa importancia: la diversidad de educaciones.

Dos educaciones.
En la más optimista de las hipótesis, suponiendo que ambos cónyuges sean del mismo nivel social y cultural, lo cual no ocurre siempre, la diferente educación familiar crea una nueva dificultad.

Efectivamente, cada familia se estructura según un ritmo propio. Tiene sus valores, sus tabúes, sus particulares factores humanos, sus hábitos, sus criterios, sus costumbres. Todo esto, muy entremezclado a lo largo de la vida de una comunidad familiar, constituye una herencia específica que se lleva durante el resto de la vida.

Cuando se lleva a cabo el matrimonio, encuentra en esta diferencia la fuente de numerosas dificultades. En primer lugar se da una desvinculación de los cónyuges y sus familias. Para fundar un nuevo hogar es necesario dejar el antiguo. Esta ruptura es frecuentemente dolorosa. La joven esposa tiene, casi siempre, la tendencia a permanecer estrechamente ligada a los suyos, y no es extraño verla introducir en su hogar todo su entorno familiar. Ello creará la imposibilidad al marido de aproximarse a ella.. Además lo mismo puede ocurrir del lado del marido. Existen muchos hombres que no han cortado el cordón umbilical aunque tengan cuarenta o más años. Estos falsos adultos -falsos, porque no poseen más que la apariencia exterior de adulto- someten a su hogar, esposa e hijos, a la exasperante omnipresencia de su propia familia. Es necesario poner de relieve que, cuando la dependencia filial cobra un carácter permanente, es difícil que la esposa logre unirse estrechamente con su marido. También aquí queda comprometida la unidad.

Enfrentamiento.
Ante todas estas dificultades, los cónyuges se enfrentarán. Si el amor es auténtico, dará a cada uno, la gran paciencia requerida para quitar, uno a uno, estos elementos conflictivos; pero para ello será necesario tiempo y una robusta salud psicológica. La unidad conyugal no es un don. La unidad es una conquista que sólo se lleva a cabo cuando marido y mujer consiguen vencer el enfrentamiento.

c. El estado de divergencia.

Lo que aquí se denomina estado de divergencia es precisamente esta situación explosiva en la cual el enfrentamiento pone en tensión a la pareja desde el inicio de su vida matrimonial. Después de haber convergido ambos por medio de la unión sellada el día de la boda, los cónyuges se encuentra bajo la amenaza de numerosas divergencias, que pueden surgir cuando menos se espera. Éstas no son esporádicas y accidentales; pueden, al contrario, tornarse crónicas y permanentes. La divergencia se convierte, entonces, en un estado. Los esposos se apartan poco a poco, cavando entre ellos el foso de la incomprensión.. Esto no es ser pesimista. Es simplemente ver las cosas como son. Por otra parte, si se comprende este hecho, las manos se estrecharán con mas seguridad, con el propósito de vencer las dificultades.

d. Incomunicabilidad.

Más allá de cualquier consideración filosófica, e incluso cultivando el más sereno optimismo, no cabe discutir este hecho, revelado por la experiencia de cada uno. Se lucha diariamente contra el muro de la incomunicabilidad interpersonal. El marido no consigue hacerse comprender por su esposa ni comprenderla, y viceversa. Los padres no consiguen llegar a sus hijos, y viceversa. Se podría prolongar esta relación indefinidamente. La comunicación es el punto neurálgico de la humanidad. En la perspectiva del matrimonio la forma de que se reviste es muy característica: el silencio.

e. Silencio conyugal.

Recordemos aquí el significativo título de la obra de Maryse Choisy: El ser y el silencio. Nada más adecuado para describir la exasperante situación de tanto matrimonios que, a pesar de varios años de vida en común, son todavía incapaces de comunicarse entre sí. Están atrincherados en un silencio del corazón que nada consigue romper; hablar no sirve más que para asegurar el pacífico cumplimiento de las funciones domésticas. Se pronuncian palabras, no se habla. Es la famosa crisis del silencio.

Surge, generalmente, después de cuatro a cinco años de vida conyugal. Luego de los excesos verbales que acompañan al noviazgo, después de los arrullos que animan la luna de miel, viene el aprendizaje de la comunicación. Se lleva a cabo con cierta paciencia a lo largo de los primeros años. Se conversa, se habla, se intenta explicarse uno a otro, se hacen esfuerzos en el sentido de comprenderse mutuamente. Se tiene una actitud atenta y receptiva.

Pero, muy pronto, se percibe que las explicaciones juzgadas como definitivas deben recomenzarse una, dos, cien veces. Poco a poco, se descubre que el camino de la comprensión es el de la repetición. Pero la repetición cansa. Tanto más cuanto que, en el lenguaje conyugal, casi siempre va acompañada por la recriminación. Es el momento en que, inconscientemente , y por una especie de instinto de conservación, nos enclaustramos en el silencio.

Generalmente presenta dos modalidades: el silencio femenino, por paradójico que pueda parecer, es locuaz; mientras que el masculino es lacónico. Este silencio muerto, más mudez que serenidad, más ruido que quietud, amenaza con matar el amor.

f. El abismo disfrazado.

La evolución normal de tal proyecto es que llegue muy pronto la terrible indiferencia que destruye tantos hogares. El amor es un ir y venir interior entre los que se aman. Vive gracias al intercambio, supone una verdadera osmosis de las personas. Una vez destruidos los posibles puentes entre los cónyuges, éstos se ven enfrentados con la soledad, y la pareja se disgrega.

En una primera etapa, el matrimonio de desliza hacia una recíproca indiferencia. Se entrega al conformismo y, después de una tempestad de reclamaciones inútiles, al silencio por ambas partes. No se habla más, no hay más encuentros, y poco a poco, no se ama más. Se persiste en cohabitar porque está la casa, los hijos, las exigencias sociales y, a fin de cuentas, el hábito. Se puede llegar incluso a mantener una convivencia sexual periódica, determinada por las exigencias biológicas de cada parte. Pero allí ya no está presente la vida. La indiferencia envuelve los corazones y el amor está en peligro de muerte.

Permanecen el uno con el otro, pero ya no viven juntos. Se da la impresión de que se ama, pero el corazón no está presente, y los gestos amorosos no son mas que una fachada convencional, una hipocresía necesaria. La frialdad comienza a instalarse y ambos se aíslan, se provocan por medio de sus abstenciones. Después aparece la insensibilidad, un paso más en dirección a la ruptura; el desinterés se establece de modo estable. Suceda lo que suceda, no existe la menor preocupación porque el otro ya no despierta ningún interés. Por fin, la tercera etapa de la desunión conyugal, la indiferencia se vuelve total; se está entonces en estado de disponibilidad afectiva, y basta una mera solicitación oportuna para que se rompan las barreras y el amor se encamine hacia un tercero. La fidelidad se ha vuelto imposible porque el amor no existe más, y el vacío es absoluto. Y si por principios morales, por miedo a las complicaciones, por incapacidad de compromiso, nos atrincheramos en una fidelidad que es una violencia, la indiferencia podrá evolucionar hacia un odio sordo, porque el odio es el reverso del amor, nace del amor en decadencia, rehusado, rechazado. El infierno conyugal se vuelve, entonces, una triste realidad: la destrucción mutua. Porque si el amor es constructivo, el odio es destructivo, y los recursos de que dispone son tan numerosos y tan sutiles como los del amor.

De silencio en silencio, de huida en huida, de incomprensión en incomprensión, el amor queda exhausto, y no quedará más que un recuerdo odioso de lo que podría haber sido esta unión si se hubiese vivido sabiamente.

2. Etapas de evolución del amor.

El amor, atravesando el tiempo, conoce ciertas transformaciones. Como el hombre, que nace, crece, madura y envejece, el amor pasará por diversas etapas. Los esposos, por mucho que se amen, no se amarán siempre de la misma manera. Existen avances y retrocesos, momentos de calma y épocas de crisis. La maduración de la unión se opera lentamente, pero también sufre circunstancias difíciles que obligan a los cónyuges a vivir en estado de alerta, para no irse a pique en estos momentos críticos.

a. La infancia del amor.

Los primeros meses de matrimonio son una época de euforia amorosa. Los conflictos son mínimos; los hábitos, que darán lugar mas tarde a la peligrosa rutina, todavía no están constituidos; el amor es nuevo y está intacto. Surgen, claro está, algunos malentendidos aquí o allí, pero apenas esbozados se superan de inmediato. Se está demasiado ocupado en edificar el futuro: la casa común, el ser común, el círculo de amigos común; después, tarea la más preciosa de todas, el recién nacido, fruto del amor, que lanza a los jóvenes esposos a una esperanza nueva, maravillosamente fascinadora. El amor en esta fase es fácil y generoso.

Sin embargo, no escapará a los embates del tiempo. Una primera crisis, la de la desilusión, sacudirá el hogar naciente. Aparece entre el segundo y el tercer año de matrimonio. A la luz radiante pero engañosa del noviazgo, se había construido uno de otro una imagen ideal. Después, cuando los días comienzan a sucederse con cotidianidad reveladora, llena de pequeñas cosas, la imagen ideal comienza a desvanecerse. Era fácil soñar con el otro cuando no estaba presente, es arduo vivir con él cuando se está siempre juntos, y se revela imperfecto con el paso del tiempo.

Viene entonces la etapa del primer desajuste. Ambos se amaban antes como en un sueño; ahora, habrá que amar la realidad. Esto supone, que para vencer esta crisis de desilusión, se apliquen a aceptar al otro en su imperfección, a amarlo hasta con sus limitaciones.

Ésta es la época en la cual el matrimonio se constituye realmente. Donde sólo había una fascinación impetuosa, aparece un esfuerzo constante. Menos arrobamiento, y mas paciencia recíproca.

b. La juventud del amor.

La pareja entra, ahora, en la segunda etapa de su evolución. Las primeras dificultades han sido vencidas, los dos o tres primeros años han corregido las perspectivas ilusorias del comienzo, el amor se ha cristalizado en la realidad cotidiana.

Hacia el quinto año, el matrimonio entra en posesión de sí mismo. La fase de adaptación terminó; hay un mutuo conocimiento que impide mayores roces. Ya están presentes los hijos, dando sentido al hogar; en esta época el amor se instala definitivamente.

¡La juventud del amor! Como todo lo que es joven crece, madura, se robustece y adquiere fuerza. Hombre y mujer están en estado de encuentro; su presencia es constante en esta etapa. Quizá sea este el momento en que el amor es percibido como más sabroso y esperanzado.

Sin embargo, no todo ocurre sin peligros. Si el matrimonio obedece a la ley de la convergencia, se encuentra en la firme posición que implica una felicidad de hecho. Pero, si por desgracia, se ha malogrado cuando la primera crisis de la desilusión, y no consigue encontrar su ritmo, el tiempo lo precipitará en la segunda crisis, la del silencio. Ya nos hemos referido en anteriormente a este enorme peligro. Si marido y mujer, en vez de avanzar uno en dirección al otro, superando las decepciones inevitables que surgen en el transcurso de los primeros años, se atrincheran en el silencio y en el conformismo, entran, más o menos en esta época, en una etapa decisiva.

Vencer al tiempo, y a este segunda crisis, es indispensable para que sobreviva el amor. Esta fase segunda, crítica por excelencia, es la piedra de toque de la durabilidad de la unión. Una vez vencida, da paso al tercer momento, el de mayor felicidad: el amor de madurez; pero, si el tiempo victorioso envuelve al matrimonio en el silencio, ambos avanzan en dirección a la crisis de la madurez.

c. La madurez del amor.

Se han acumulado una quincena de años, y se tiene un pasado: la infancia y la juventud del amor, la primera y la segunda crisis. Si el matrimonio logra vencerla, se puede creer que está definitivamente consolidado. El tiempo se torna, ahora, un precioso aliado.

Los esposos, jóvenes en otro tiempo, quizás hayan perdido el brillo de la juventud, pero han adquirido la profunda apertura de la madurez. Plenamente hombre y plenamente mujer, ambos han llegado a la cumbre de la virilidad y de la feminidad, respectivamente.

El amor se ha hecho fuerte, purificado de toda vacilación, y sus raíces son tan profundas en el tiempo que el hogar no podría ser turbado por ninguna oscilación. Es la hora de la madurez en el amor. Todavía joven, pero con una juventud madura, mas vigoroso que nunca, vive con serenidad y estabilidad. Son, verdaderamente, los años mas hermosos de la vida conyugal, en los cuales la felicidad es tan grande, y está tan bien integrada en la vida diaria, que se desarrolla sin que nos demos cuenta siquiera de ello. La felicidad, el amor y la vida se han vuelto una sola y misma cosa.

Pero también en esta época es posible que se produzca lo contrario. Porque si el matrimonio, en lugar de vencer las dos primeras crisis, ha salido de ellas con ciertas vacilaciones, incapaz de encontrar mas allá del silencio el camino del diálogo y de su unidad, es probable que choque, hacia los quince años de vida en común, con una tercera crisis, con frecuencia fatal: la de la indiferencia. Anteriormente ya se ha explicado esto.

Es una hora fatídica, ya que, rodeados por la indiferencia, los esposos recobran entonces su disponibilidad afectiva. Cuando el amor no existe más, siempre hay lugar para "un nuevo amor", tanto mas seductor cuanto que, habiendo sido el primero un fracaso, se apega uno desesperadamente a esta segunda promesa, que quizá sea la última posibilidad. Entonces, el matrimonio se separa, la vida en común se transforma en un infierno, y se consuma la ruptura.

Resulta indispensable evitar este fracaso, que proviene del tedio. Para lograrlo, el matrimonio tiene que quebrar la rutina que lo domina. Todo lo que es habitual termina por engendrar la indiferencia. También es necesario que marido y mujer se concedan momentos privilegiados en los que rompan la monotonía inevitablemente acarreada por el tiempo; si no es así, fácilmente se caerá en la indiferencia.

Para evitar este desenlace y preservar la lozanía del amor, es indispensable saber practicar -con mesura y ponderación- el arte de la ausencia. Para devolver al amor la fuerza inicial, todos deben someterse periódicamente a una cura de ausencia. Marido y mujer deberían tener vacaciones solos, pero también tenerlas solos y juntos. Esto ayudará, sin lugar a dudas, a superar la inexorable marcha del tiempo y a salvar de esta crisis de indiferencia los quince años de vida conyugal, amenazados seriamente.

d. El mediodía del amor

Suponiendo que el matrimonio haya sabido vencer al tiempo y que su amor haya alcanzado esta feliz madurez que mencionábamos antes, ¿debe dejar de temer el paso de los años? ¿Está, desde ahora, a salvo de los sutiles ataques del tiempo?

La experiencia revela que no. Un nuevo peligro surgirá con el mediodía de la vida. Esto ocurre entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años.

En la mujer, por una parte, es el difícil momento de la menopausia. Este fenómeno no es exclusivamente biológico. Por el contrario, provoca serios trastornos, tanto desde el punto de vista psicológico como desde el meramente físico. Claro está que algunas mujeres escapan a ella, y la cuestión se resuelve sin complicaciones. Sin embargo, para la mayoría constituye un cambio violento, que con frecuencia transforma a la esposa, hasta entonces afectuosa y tierna, en una mujer fría, irritable e irritante.

Por otra parte, simultáneamente, el hombre -algo mayor- pasa por una transformación que, aunque diferente, no deja de ser importante. Podría decirse, en cierto modo, que paralelamente al fenómeno de la menopausia, se da en el hombre un fenómeno de andropausia. Del mismo modo que la mujer pierde un atributo de su feminidad -la fecundidad- el hombre pierde un carácter de su virilidad: el vigor de su potencia sexual. Sin embargo, antes que disminuya para después extinguirse prácticamente durante la senilidad, experimenta un recrudecimiento que hace que el hombre vuelva a la adolescencia. Entre el adulto que bordea la vejez y el adolescente que llega a la pubertad, hay algo en común: la necesidad de probar su virilidad, su capacidad de conquista. Así vemos a hombres de edad más que madura, honrados padres de familia, hasta entonces buenos esposos, pasar por una extraña crisis durante la cual, olvidando su respetabilidad, se comportan como adolescentes. Fenómeno curioso, en ocasiones ridículo, triste y chocante, que corre el riesgo de despertar en ellos el gusto -necio, pero violento- por ciertas aventuras, en las que creerán descubrir su segunda adolescencia.

Si el matrimonio, en el momento en que se produce este impulso, está minado por la crisis de la indiferencia, este período puede ser fatal. De pronto, se entera uno de que cierto marido que, según todas las apariencias, se conducía según las normas de un buen padre de familia, se ha permitido el lujo de dar un escándalo y destrozar su matrimonio.

En cambio, si el matrimonio entra en esta fase con una plena armonía, vencerá fácilmente las dificultades inherentes a este momento de la evolución, y su unidad no estará comprometida para nada. Abordará entonces la etapa siguiente de su larga peregrinación amorosa a través del tiempo, y entrará en el reposo de una madurez recobrada.

e. El renacimiento del amor.

Es el momento del renacimiento del amor. El tiempo ya ha avanzado mucho. El matrimonio llega la fase de la existencia en la que, sin estar todavía en la vejez, se desarrolla una segunda madurez, durante la cual el amor, triunfante, avanza sin percances y se encamina hacia un reposo lleno de ternura, de recíproco reconocimiento, de amistad definitiva. Los hijos han crecido, el tiempo ha pasado, las crisis han sido vencidas, el amor ha cristalizado definitivamente, las vidas se han fundido, se ha logrado la paz, y se tiene todavía una última juventud, antes de que se extinga la vida.

f. El reposo del amor

Vendrá, por último, la hora del reposo, en que el hombre y la mujer, habiendo envejecido en el amor, sólo tendrán reconocimiento el uno para el otro. Ni siquiera la dolorosa perspectiva de la muerte podrá perturbar la vejez del amor. Haberse amado hasta la muerte no es un privilegio sino una victoria.

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18 de abril de 2006 a las 17:50

Te entiendo perfectamanete
Hola, mira yo queria decirte k te entiendo perfectamente, xk yo estoy viviendo algo parecido solo k lo he dejado con mi novio, tb le he sido infiel ( el tb me lo fue a mi...) el caso es k el esta insistiendo muxo en k volvamos xro me da un miedo terrible volver con él y k no pueda ser todo como antes si supiera k todo funcionaria despues de lo k ha pasado no me lo pensaria xro tengo tanto miedo, si alguien puede darme algun consejo, lo agradeceria bastante.

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18 de abril de 2006 a las 17:57
En respuesta a salvador24

La evolución en el amor
Por
José María Vidaurrazaga

Difícilmente se quiere entrar en estos temas porque se trata de asuntos muy delicados en los que son frecuentes las opciones endurecidas y las pasiones de años de problemas y heridas.

Creo sin embargo que hay que enfrentarlos y hablar claro de los hechos y sus consecuencias. No es sano negar que las opciones humanas tienen resultados objetivos de bien o mal para todas las personas involucradas. Decir "no pasa nada" no logrará nunca reconstruir la realidad personal tan herida en una ruptura.

En todas las familias se producen circunstancias difíciles. Es cierto que la frecuencia y el grado de dificultad de estas circunstancias van a depender de cómo haya ido desarrollándose la vida conyugal de la pareja a lo largo del tiempo. Pero no hay que asustarse porque esto pase, pues todas las familias, inevitablemente tendrán que ir afrontando y resolviendo estas difícultades si quieren seguir adelante. Naturalmente que según como se afronten estas circunstancias, se obtendrá un avance en la vida familiar o un retroceso, que algunas veces puede ser tan grave, que, lamentablemente, tengamos que hablar más delante de familias en circunstancias difíciles.

1. Divergencia y convergencia.


Si bien el casamiento libremente aceptado reúne a los novios transformándolos en "una sola carne", esta unidad no deja de descansar sobre la dualidad de personas que la componen. Y, por intenso que sea su amor, los recién casados notarán rápidamente que, a pesar de ser uno, continúan siendo dos.

La pareja, a la búsqueda de su unidad, debe de vivir hoy de manera que mañana pueda seguir siendo pareja. Los esposos, en perpetua búsqueda de la unidad, pueden pasar de la convergencia a la divergencia: Su existencia es encuentro o desencuentro.

a. La indispensable unidad.

Primeramente, la unidad es muy necesaria para los esposos y consecuentemente para la familia que ellos fundan. Se convierte en una necesidad el alcanzarla.. Hay que llegar a ella porque es cuestión de vida o muerte en relación al amor. En efecto, un matrimonio no puede vivir y sobrevivir si no logra unirse sólidamente para hacer frente a todas las eventualidades, vencer los innumerables obstáculos que surgen inevitablemente en el transcurso de toda existencia humana, para construir su felicidad.
La felicidad para los cónyuges sólo es posible si se integran verdaderamente uno y otro, alcanzando la exigencia de amor que consiste en construir una profunda unidad. No hay amor sin unidad; no hay felicidad sin amor; por lo tanto no hay felicidad sin unidad. La necesidad de unidad se coloca, consecuentemente, en un primer lugar absoluto, como espontánea exigencia del propio amor.

En segundo lugar, es un imperativo impuesto por la vida en común. Tantas opiniones como cabezas dice el viejo proverbio latino. Sin embargo, en la vida conyugal, como en cualquier otra existencia, es necesario decidir, tomar una orientación determinada en relación con un fin frente a las diversas realidades que enfrenta la pareja. Es preciso por ello llegar a poseer una visión común de los problemas, una inteligencia en común de las cosas y de las personas, una voluntad común con respecto a lo que debe hacerse, una libertad común ante las múltiples opciones. Sin esta unidad que habrá que elaborar poco a poco, es muy posible que la vida de los dos se convierta en una serie de conflictos insolubles, debido a los cuales los esposos vivirán en un estado de perpetua oposición.

La unidad es condición de la paz; sin ella, el hogar se convierte en un nido de víboras, como afirmó Mauriac, donde cada uno trata de engullir al otro.

En tercer lugar, la necesidad de unidad surge del hecho de que la vida conyugal no es sólo una sociedad con dos miembros, como muchos creen. Una vez iniciada, se enriquecerá, antes o después, con los hijos, que crearán la comunidad familiar y constituirán ante los padres una viva exigencia de unidad. Efectivamente, los hijos sólo pueden crecer y encontrar su equilibrio y su felicidad en la paz. Y según lo que acabamos de decir, es evidente que la paz sólo se elabora en la unidad. Si los padres chocan entre sí, si viven en perpetua divergencia con relación a todo o casi todo, si no consiguen elaborar un comportamiento común y definir idénticas directrices en materia de educación, el hogar se convertirá en un infierno..


b. La unidad difícil.

Hay que dejar en claro que esta indispensable unidad no es algo automático y que tiene dificultades que la pareja ha de ir superando a lo largo de su vida matrimonial, si quieren llegar con sus hijos, a ser una familia feliz. ¿Cuáles son los elementos principales que dificultan la realización de la unidad conyugal?

Dos personalidades.
La primera dificultad consiste en armonizar dos personalidades distintas y a veces aparentemente imposibles de un entendimiento mutuo. Cada ser humanos es irrepetible y distinto a todos los demás; por ello decimos que tiene una personalidad propia. En la vida conyugal las dos personalidades de los esposos se sitúan frente a frente y, si no son capaces de conjugarse, vivirán en una permanente divergencia.

Dos egoísmos.
De forma inevitable, aparentemente, todo ser humano está predispuesto a un egoísmo congénito.
El egoísmo es, manifiestamente, una gran dificultad para la unión, porque se convierte en obstáculo. Amamos a otro porque pensamos en nosotros mismos. Nadie lo reconoce, pero el hecho existe.
Este vicio congénito es inevitable, y se prolonga a lo largo de toda la existencia de la pareja. El matrimonio se ve constantemente amenazado por el retorno del egoísmo, que compromete tanto el amor como la unidad.
Los conflictos son inevitables. Resulta algo normal, y el que alguien se asombre demostraría no entender nada de las cosas del amor. Pero, si bien resulta natural, cualquier conflicto nacido del egoísmo es peligroso, porque, de conflicto en conflicto, puede ocurrir un apartamiento recíproco que se convierta en desunión crónica.
A los dos elementos ya mencionados se añade un tercero, y de no escasa importancia: la diversidad de educaciones.

Dos educaciones.
En la más optimista de las hipótesis, suponiendo que ambos cónyuges sean del mismo nivel social y cultural, lo cual no ocurre siempre, la diferente educación familiar crea una nueva dificultad.

Efectivamente, cada familia se estructura según un ritmo propio. Tiene sus valores, sus tabúes, sus particulares factores humanos, sus hábitos, sus criterios, sus costumbres. Todo esto, muy entremezclado a lo largo de la vida de una comunidad familiar, constituye una herencia específica que se lleva durante el resto de la vida.

Cuando se lleva a cabo el matrimonio, encuentra en esta diferencia la fuente de numerosas dificultades. En primer lugar se da una desvinculación de los cónyuges y sus familias. Para fundar un nuevo hogar es necesario dejar el antiguo. Esta ruptura es frecuentemente dolorosa. La joven esposa tiene, casi siempre, la tendencia a permanecer estrechamente ligada a los suyos, y no es extraño verla introducir en su hogar todo su entorno familiar. Ello creará la imposibilidad al marido de aproximarse a ella.. Además lo mismo puede ocurrir del lado del marido. Existen muchos hombres que no han cortado el cordón umbilical aunque tengan cuarenta o más años. Estos falsos adultos -falsos, porque no poseen más que la apariencia exterior de adulto- someten a su hogar, esposa e hijos, a la exasperante omnipresencia de su propia familia. Es necesario poner de relieve que, cuando la dependencia filial cobra un carácter permanente, es difícil que la esposa logre unirse estrechamente con su marido. También aquí queda comprometida la unidad.

Enfrentamiento.
Ante todas estas dificultades, los cónyuges se enfrentarán. Si el amor es auténtico, dará a cada uno, la gran paciencia requerida para quitar, uno a uno, estos elementos conflictivos; pero para ello será necesario tiempo y una robusta salud psicológica. La unidad conyugal no es un don. La unidad es una conquista que sólo se lleva a cabo cuando marido y mujer consiguen vencer el enfrentamiento.

c. El estado de divergencia.

Lo que aquí se denomina estado de divergencia es precisamente esta situación explosiva en la cual el enfrentamiento pone en tensión a la pareja desde el inicio de su vida matrimonial. Después de haber convergido ambos por medio de la unión sellada el día de la boda, los cónyuges se encuentra bajo la amenaza de numerosas divergencias, que pueden surgir cuando menos se espera. Éstas no son esporádicas y accidentales; pueden, al contrario, tornarse crónicas y permanentes. La divergencia se convierte, entonces, en un estado. Los esposos se apartan poco a poco, cavando entre ellos el foso de la incomprensión.. Esto no es ser pesimista. Es simplemente ver las cosas como son. Por otra parte, si se comprende este hecho, las manos se estrecharán con mas seguridad, con el propósito de vencer las dificultades.

d. Incomunicabilidad.

Más allá de cualquier consideración filosófica, e incluso cultivando el más sereno optimismo, no cabe discutir este hecho, revelado por la experiencia de cada uno. Se lucha diariamente contra el muro de la incomunicabilidad interpersonal. El marido no consigue hacerse comprender por su esposa ni comprenderla, y viceversa. Los padres no consiguen llegar a sus hijos, y viceversa. Se podría prolongar esta relación indefinidamente. La comunicación es el punto neurálgico de la humanidad. En la perspectiva del matrimonio la forma de que se reviste es muy característica: el silencio.

e. Silencio conyugal.

Recordemos aquí el significativo título de la obra de Maryse Choisy: El ser y el silencio. Nada más adecuado para describir la exasperante situación de tanto matrimonios que, a pesar de varios años de vida en común, son todavía incapaces de comunicarse entre sí. Están atrincherados en un silencio del corazón que nada consigue romper; hablar no sirve más que para asegurar el pacífico cumplimiento de las funciones domésticas. Se pronuncian palabras, no se habla. Es la famosa crisis del silencio.

Surge, generalmente, después de cuatro a cinco años de vida conyugal. Luego de los excesos verbales que acompañan al noviazgo, después de los arrullos que animan la luna de miel, viene el aprendizaje de la comunicación. Se lleva a cabo con cierta paciencia a lo largo de los primeros años. Se conversa, se habla, se intenta explicarse uno a otro, se hacen esfuerzos en el sentido de comprenderse mutuamente. Se tiene una actitud atenta y receptiva.

Pero, muy pronto, se percibe que las explicaciones juzgadas como definitivas deben recomenzarse una, dos, cien veces. Poco a poco, se descubre que el camino de la comprensión es el de la repetición. Pero la repetición cansa. Tanto más cuanto que, en el lenguaje conyugal, casi siempre va acompañada por la recriminación. Es el momento en que, inconscientemente , y por una especie de instinto de conservación, nos enclaustramos en el silencio.

Generalmente presenta dos modalidades: el silencio femenino, por paradójico que pueda parecer, es locuaz; mientras que el masculino es lacónico. Este silencio muerto, más mudez que serenidad, más ruido que quietud, amenaza con matar el amor.

f. El abismo disfrazado.

La evolución normal de tal proyecto es que llegue muy pronto la terrible indiferencia que destruye tantos hogares. El amor es un ir y venir interior entre los que se aman. Vive gracias al intercambio, supone una verdadera osmosis de las personas. Una vez destruidos los posibles puentes entre los cónyuges, éstos se ven enfrentados con la soledad, y la pareja se disgrega.

En una primera etapa, el matrimonio de desliza hacia una recíproca indiferencia. Se entrega al conformismo y, después de una tempestad de reclamaciones inútiles, al silencio por ambas partes. No se habla más, no hay más encuentros, y poco a poco, no se ama más. Se persiste en cohabitar porque está la casa, los hijos, las exigencias sociales y, a fin de cuentas, el hábito. Se puede llegar incluso a mantener una convivencia sexual periódica, determinada por las exigencias biológicas de cada parte. Pero allí ya no está presente la vida. La indiferencia envuelve los corazones y el amor está en peligro de muerte.

Permanecen el uno con el otro, pero ya no viven juntos. Se da la impresión de que se ama, pero el corazón no está presente, y los gestos amorosos no son mas que una fachada convencional, una hipocresía necesaria. La frialdad comienza a instalarse y ambos se aíslan, se provocan por medio de sus abstenciones. Después aparece la insensibilidad, un paso más en dirección a la ruptura; el desinterés se establece de modo estable. Suceda lo que suceda, no existe la menor preocupación porque el otro ya no despierta ningún interés. Por fin, la tercera etapa de la desunión conyugal, la indiferencia se vuelve total; se está entonces en estado de disponibilidad afectiva, y basta una mera solicitación oportuna para que se rompan las barreras y el amor se encamine hacia un tercero. La fidelidad se ha vuelto imposible porque el amor no existe más, y el vacío es absoluto. Y si por principios morales, por miedo a las complicaciones, por incapacidad de compromiso, nos atrincheramos en una fidelidad que es una violencia, la indiferencia podrá evolucionar hacia un odio sordo, porque el odio es el reverso del amor, nace del amor en decadencia, rehusado, rechazado. El infierno conyugal se vuelve, entonces, una triste realidad: la destrucción mutua. Porque si el amor es constructivo, el odio es destructivo, y los recursos de que dispone son tan numerosos y tan sutiles como los del amor.

De silencio en silencio, de huida en huida, de incomprensión en incomprensión, el amor queda exhausto, y no quedará más que un recuerdo odioso de lo que podría haber sido esta unión si se hubiese vivido sabiamente.

2. Etapas de evolución del amor.

El amor, atravesando el tiempo, conoce ciertas transformaciones. Como el hombre, que nace, crece, madura y envejece, el amor pasará por diversas etapas. Los esposos, por mucho que se amen, no se amarán siempre de la misma manera. Existen avances y retrocesos, momentos de calma y épocas de crisis. La maduración de la unión se opera lentamente, pero también sufre circunstancias difíciles que obligan a los cónyuges a vivir en estado de alerta, para no irse a pique en estos momentos críticos.

a. La infancia del amor.

Los primeros meses de matrimonio son una época de euforia amorosa. Los conflictos son mínimos; los hábitos, que darán lugar mas tarde a la peligrosa rutina, todavía no están constituidos; el amor es nuevo y está intacto. Surgen, claro está, algunos malentendidos aquí o allí, pero apenas esbozados se superan de inmediato. Se está demasiado ocupado en edificar el futuro: la casa común, el ser común, el círculo de amigos común; después, tarea la más preciosa de todas, el recién nacido, fruto del amor, que lanza a los jóvenes esposos a una esperanza nueva, maravillosamente fascinadora. El amor en esta fase es fácil y generoso.

Sin embargo, no escapará a los embates del tiempo. Una primera crisis, la de la desilusión, sacudirá el hogar naciente. Aparece entre el segundo y el tercer año de matrimonio. A la luz radiante pero engañosa del noviazgo, se había construido uno de otro una imagen ideal. Después, cuando los días comienzan a sucederse con cotidianidad reveladora, llena de pequeñas cosas, la imagen ideal comienza a desvanecerse. Era fácil soñar con el otro cuando no estaba presente, es arduo vivir con él cuando se está siempre juntos, y se revela imperfecto con el paso del tiempo.

Viene entonces la etapa del primer desajuste. Ambos se amaban antes como en un sueño; ahora, habrá que amar la realidad. Esto supone, que para vencer esta crisis de desilusión, se apliquen a aceptar al otro en su imperfección, a amarlo hasta con sus limitaciones.

Ésta es la época en la cual el matrimonio se constituye realmente. Donde sólo había una fascinación impetuosa, aparece un esfuerzo constante. Menos arrobamiento, y mas paciencia recíproca.

b. La juventud del amor.

La pareja entra, ahora, en la segunda etapa de su evolución. Las primeras dificultades han sido vencidas, los dos o tres primeros años han corregido las perspectivas ilusorias del comienzo, el amor se ha cristalizado en la realidad cotidiana.

Hacia el quinto año, el matrimonio entra en posesión de sí mismo. La fase de adaptación terminó; hay un mutuo conocimiento que impide mayores roces. Ya están presentes los hijos, dando sentido al hogar; en esta época el amor se instala definitivamente.

¡La juventud del amor! Como todo lo que es joven crece, madura, se robustece y adquiere fuerza. Hombre y mujer están en estado de encuentro; su presencia es constante en esta etapa. Quizá sea este el momento en que el amor es percibido como más sabroso y esperanzado.

Sin embargo, no todo ocurre sin peligros. Si el matrimonio obedece a la ley de la convergencia, se encuentra en la firme posición que implica una felicidad de hecho. Pero, si por desgracia, se ha malogrado cuando la primera crisis de la desilusión, y no consigue encontrar su ritmo, el tiempo lo precipitará en la segunda crisis, la del silencio. Ya nos hemos referido en anteriormente a este enorme peligro. Si marido y mujer, en vez de avanzar uno en dirección al otro, superando las decepciones inevitables que surgen en el transcurso de los primeros años, se atrincheran en el silencio y en el conformismo, entran, más o menos en esta época, en una etapa decisiva.

Vencer al tiempo, y a este segunda crisis, es indispensable para que sobreviva el amor. Esta fase segunda, crítica por excelencia, es la piedra de toque de la durabilidad de la unión. Una vez vencida, da paso al tercer momento, el de mayor felicidad: el amor de madurez; pero, si el tiempo victorioso envuelve al matrimonio en el silencio, ambos avanzan en dirección a la crisis de la madurez.

c. La madurez del amor.

Se han acumulado una quincena de años, y se tiene un pasado: la infancia y la juventud del amor, la primera y la segunda crisis. Si el matrimonio logra vencerla, se puede creer que está definitivamente consolidado. El tiempo se torna, ahora, un precioso aliado.

Los esposos, jóvenes en otro tiempo, quizás hayan perdido el brillo de la juventud, pero han adquirido la profunda apertura de la madurez. Plenamente hombre y plenamente mujer, ambos han llegado a la cumbre de la virilidad y de la feminidad, respectivamente.

El amor se ha hecho fuerte, purificado de toda vacilación, y sus raíces son tan profundas en el tiempo que el hogar no podría ser turbado por ninguna oscilación. Es la hora de la madurez en el amor. Todavía joven, pero con una juventud madura, mas vigoroso que nunca, vive con serenidad y estabilidad. Son, verdaderamente, los años mas hermosos de la vida conyugal, en los cuales la felicidad es tan grande, y está tan bien integrada en la vida diaria, que se desarrolla sin que nos demos cuenta siquiera de ello. La felicidad, el amor y la vida se han vuelto una sola y misma cosa.

Pero también en esta época es posible que se produzca lo contrario. Porque si el matrimonio, en lugar de vencer las dos primeras crisis, ha salido de ellas con ciertas vacilaciones, incapaz de encontrar mas allá del silencio el camino del diálogo y de su unidad, es probable que choque, hacia los quince años de vida en común, con una tercera crisis, con frecuencia fatal: la de la indiferencia. Anteriormente ya se ha explicado esto.

Es una hora fatídica, ya que, rodeados por la indiferencia, los esposos recobran entonces su disponibilidad afectiva. Cuando el amor no existe más, siempre hay lugar para "un nuevo amor", tanto mas seductor cuanto que, habiendo sido el primero un fracaso, se apega uno desesperadamente a esta segunda promesa, que quizá sea la última posibilidad. Entonces, el matrimonio se separa, la vida en común se transforma en un infierno, y se consuma la ruptura.

Resulta indispensable evitar este fracaso, que proviene del tedio. Para lograrlo, el matrimonio tiene que quebrar la rutina que lo domina. Todo lo que es habitual termina por engendrar la indiferencia. También es necesario que marido y mujer se concedan momentos privilegiados en los que rompan la monotonía inevitablemente acarreada por el tiempo; si no es así, fácilmente se caerá en la indiferencia.

Para evitar este desenlace y preservar la lozanía del amor, es indispensable saber practicar -con mesura y ponderación- el arte de la ausencia. Para devolver al amor la fuerza inicial, todos deben someterse periódicamente a una cura de ausencia. Marido y mujer deberían tener vacaciones solos, pero también tenerlas solos y juntos. Esto ayudará, sin lugar a dudas, a superar la inexorable marcha del tiempo y a salvar de esta crisis de indiferencia los quince años de vida conyugal, amenazados seriamente.

d. El mediodía del amor

Suponiendo que el matrimonio haya sabido vencer al tiempo y que su amor haya alcanzado esta feliz madurez que mencionábamos antes, ¿debe dejar de temer el paso de los años? ¿Está, desde ahora, a salvo de los sutiles ataques del tiempo?

La experiencia revela que no. Un nuevo peligro surgirá con el mediodía de la vida. Esto ocurre entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años.

En la mujer, por una parte, es el difícil momento de la menopausia. Este fenómeno no es exclusivamente biológico. Por el contrario, provoca serios trastornos, tanto desde el punto de vista psicológico como desde el meramente físico. Claro está que algunas mujeres escapan a ella, y la cuestión se resuelve sin complicaciones. Sin embargo, para la mayoría constituye un cambio violento, que con frecuencia transforma a la esposa, hasta entonces afectuosa y tierna, en una mujer fría, irritable e irritante.

Por otra parte, simultáneamente, el hombre -algo mayor- pasa por una transformación que, aunque diferente, no deja de ser importante. Podría decirse, en cierto modo, que paralelamente al fenómeno de la menopausia, se da en el hombre un fenómeno de andropausia. Del mismo modo que la mujer pierde un atributo de su feminidad -la fecundidad- el hombre pierde un carácter de su virilidad: el vigor de su potencia sexual. Sin embargo, antes que disminuya para después extinguirse prácticamente durante la senilidad, experimenta un recrudecimiento que hace que el hombre vuelva a la adolescencia. Entre el adulto que bordea la vejez y el adolescente que llega a la pubertad, hay algo en común: la necesidad de probar su virilidad, su capacidad de conquista. Así vemos a hombres de edad más que madura, honrados padres de familia, hasta entonces buenos esposos, pasar por una extraña crisis durante la cual, olvidando su respetabilidad, se comportan como adolescentes. Fenómeno curioso, en ocasiones ridículo, triste y chocante, que corre el riesgo de despertar en ellos el gusto -necio, pero violento- por ciertas aventuras, en las que creerán descubrir su segunda adolescencia.

Si el matrimonio, en el momento en que se produce este impulso, está minado por la crisis de la indiferencia, este período puede ser fatal. De pronto, se entera uno de que cierto marido que, según todas las apariencias, se conducía según las normas de un buen padre de familia, se ha permitido el lujo de dar un escándalo y destrozar su matrimonio.

En cambio, si el matrimonio entra en esta fase con una plena armonía, vencerá fácilmente las dificultades inherentes a este momento de la evolución, y su unidad no estará comprometida para nada. Abordará entonces la etapa siguiente de su larga peregrinación amorosa a través del tiempo, y entrará en el reposo de una madurez recobrada.

e. El renacimiento del amor.

Es el momento del renacimiento del amor. El tiempo ya ha avanzado mucho. El matrimonio llega la fase de la existencia en la que, sin estar todavía en la vejez, se desarrolla una segunda madurez, durante la cual el amor, triunfante, avanza sin percances y se encamina hacia un reposo lleno de ternura, de recíproco reconocimiento, de amistad definitiva. Los hijos han crecido, el tiempo ha pasado, las crisis han sido vencidas, el amor ha cristalizado definitivamente, las vidas se han fundido, se ha logrado la paz, y se tiene todavía una última juventud, antes de que se extinga la vida.

f. El reposo del amor

Vendrá, por último, la hora del reposo, en que el hombre y la mujer, habiendo envejecido en el amor, sólo tendrán reconocimiento el uno para el otro. Ni siquiera la dolorosa perspectiva de la muerte podrá perturbar la vejez del amor. Haberse amado hasta la muerte no es un privilegio sino una victoria.

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Gracias
Es largo pero no tiene desperdicio

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18 de abril de 2006 a las 18:00
En respuesta a inma200

Te entiendo perfectamanete
Hola, mira yo queria decirte k te entiendo perfectamente, xk yo estoy viviendo algo parecido solo k lo he dejado con mi novio, tb le he sido infiel ( el tb me lo fue a mi...) el caso es k el esta insistiendo muxo en k volvamos xro me da un miedo terrible volver con él y k no pueda ser todo como antes si supiera k todo funcionaria despues de lo k ha pasado no me lo pensaria xro tengo tanto miedo, si alguien puede darme algun consejo, lo agradeceria bastante.

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Dime
Dicen que las segundas partes no fueron buenas, pero primero antes de plantearte volver con tu novio, piensa una cosa...., lo quieres realmente? a partir de aquí decide!, si no estás enamorada de otra persona, puedes intentarlo pero si no es así, creo que mejor dejalo correr. por que dices que te da miedo?

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18 de abril de 2006 a las 18:13

Querida wellen
Entiendo por lo que estas pasando, el solo hecho de tomar una decision tan dificil para ti ya es bastante, y las cosas del corazon especialmente requieren de mucho tiempo y a veces acrificios muy grandes.

El que tu hayas preferido estar con tu esposo y evitar nunca herirlo, demuestra que el es una persona muy importante para ti, y que lo quieres mucho, talvez no como antes, pero el sentimiento esta ahi en tu corazon.

Date tiempo, lo necesitas!!! yo vivi por muchos años una relacion asi, cuando decidi terminar, casi tuve que volver a comenzar desde cero en mi sentir por mi esposo, me propuse buscar cada dia algo que me hiciera sentir que no me equivocaba, hice muchas listas sobre sus puntos favorables en muchos sentidos y me sorprendia encontrar tantas cosas bellas en el, organice muchos momentos especiales para compartir solo con el realmente, lo abrace muchas veces pidiendole perdon en silencio. Y funciono porque en el fondo siempre supe como tu ahora, que era importante para mi y no merecia una desilusion asi.

Te mando un abrazo muy grande. Mona

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18 de abril de 2006 a las 19:17
En respuesta a mona33331

Querida wellen
Entiendo por lo que estas pasando, el solo hecho de tomar una decision tan dificil para ti ya es bastante, y las cosas del corazon especialmente requieren de mucho tiempo y a veces acrificios muy grandes.

El que tu hayas preferido estar con tu esposo y evitar nunca herirlo, demuestra que el es una persona muy importante para ti, y que lo quieres mucho, talvez no como antes, pero el sentimiento esta ahi en tu corazon.

Date tiempo, lo necesitas!!! yo vivi por muchos años una relacion asi, cuando decidi terminar, casi tuve que volver a comenzar desde cero en mi sentir por mi esposo, me propuse buscar cada dia algo que me hiciera sentir que no me equivocaba, hice muchas listas sobre sus puntos favorables en muchos sentidos y me sorprendia encontrar tantas cosas bellas en el, organice muchos momentos especiales para compartir solo con el realmente, lo abrace muchas veces pidiendole perdon en silencio. Y funciono porque en el fondo siempre supe como tu ahora, que era importante para mi y no merecia una desilusion asi.

Te mando un abrazo muy grande. Mona

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Explicame un poco mas mona...
Explicame cómo conseguiste olvidar a la otra persona y si lo hiciste por tu propia voluntad o por que él (el otro) te lo impuso.
Explicame cómo volver a amar a tu esposo, si durante tanto tiempo sentiste querer a otra persona.
¿A quien querias verdaderamente?
Volviste con tu marido, ¿porque no había ninguna posibilidad con el otro? ¿volviste sólo por no causarle daño o desilusión?
¿porqué tuviste que pedirle a tu marido perdón en silencio mientras lo abrazabas?¿Acaso buscaste al otro en aquel momento por necesidad, por amor o por otras razones mas cercanas al capricho o a la novedad?
Explicame cómo puede uno dirigir de esa manera su mente y su corazón.
Explicame para entenderte y poder entenderme yo a mi.

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18 de abril de 2006 a las 19:55
En respuesta a mona33331

Querida wellen
Entiendo por lo que estas pasando, el solo hecho de tomar una decision tan dificil para ti ya es bastante, y las cosas del corazon especialmente requieren de mucho tiempo y a veces acrificios muy grandes.

El que tu hayas preferido estar con tu esposo y evitar nunca herirlo, demuestra que el es una persona muy importante para ti, y que lo quieres mucho, talvez no como antes, pero el sentimiento esta ahi en tu corazon.

Date tiempo, lo necesitas!!! yo vivi por muchos años una relacion asi, cuando decidi terminar, casi tuve que volver a comenzar desde cero en mi sentir por mi esposo, me propuse buscar cada dia algo que me hiciera sentir que no me equivocaba, hice muchas listas sobre sus puntos favorables en muchos sentidos y me sorprendia encontrar tantas cosas bellas en el, organice muchos momentos especiales para compartir solo con el realmente, lo abrace muchas veces pidiendole perdon en silencio. Y funciono porque en el fondo siempre supe como tu ahora, que era importante para mi y no merecia una desilusion asi.

Te mando un abrazo muy grande. Mona

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Sí mona...
Muy buenas tus palabras, pero quisiéramos que te explicaras más como te lo pide Wellen, sería de gran ayuda...

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18 de abril de 2006 a las 20:49
En respuesta a no70

Explicame un poco mas mona...
Explicame cómo conseguiste olvidar a la otra persona y si lo hiciste por tu propia voluntad o por que él (el otro) te lo impuso.
Explicame cómo volver a amar a tu esposo, si durante tanto tiempo sentiste querer a otra persona.
¿A quien querias verdaderamente?
Volviste con tu marido, ¿porque no había ninguna posibilidad con el otro? ¿volviste sólo por no causarle daño o desilusión?
¿porqué tuviste que pedirle a tu marido perdón en silencio mientras lo abrazabas?¿Acaso buscaste al otro en aquel momento por necesidad, por amor o por otras razones mas cercanas al capricho o a la novedad?
Explicame cómo puede uno dirigir de esa manera su mente y su corazón.
Explicame para entenderte y poder entenderme yo a mi.

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No y genias
Queridas Amigas, cuando me case lo hice pensando en otra persona y buscando con el hecho vengarme de el, era muy niña, desde ese momento toda mi relacion de pareja fue desilucion e inmadurez total, afortunadamente mi eleccion pese a los acontecimientos no estuvo mal y mi esposo me amaba, durante los cinco años siguientes, nacieron mis dos hijos y yo seguia obsecionada pensando en aquella persona, el tambien se caso años despues, y un dia nos encontramos y no pudimos volver a estar separados, asi comenzamos una larga relacion de amantes, que no nos llevo nunca a nada y sin embargo nos producia una profunda tristeza cada despedida, todo termino porque comence a preguntarme muchas cosas con respecto a mi, como me sentia, que recibia, que perdia, fue un autoanalisis serio sobre mi, pero tardio, fueron muchos años, años en los que mentalemnte y sentimentalmente no estuve en casa.

Guardaba mucho rencor con mi esposo, al compararlo con mi amante sentia que me debia muchas cosas, y con el tiempo me molestaban otras, intente separarme y lo hice, pero al buscar a mi amado el sacaba mil disculpas y entonces yo comprendia una vez mas que no podia ser.

Cuando tome la desicion fue duro para los dos, sobre todo para el hasta ahora, de eso ya han pasado 6 años. Yo me propuse volver a comenzar mi historia de pareja, volver a brindarle a mi esposo todo el cariño posible, recuperar el tiempo, no compararlo nunca mas, empece por pedir perdon a Dios de verdad, llore mucho, y perdone de corazon de verdad y en silencio a mi esposo, de la misma forma durante mucho tiempo en cada abrazo le pedi perdon tambien en silencio y empece de nuevo, pero sacando a flote la alegria del alma por lo que esperaba iba a ocurrir, volverme a enamorar y estar plenamente consciente de que eso iba a lograr.

Cuando llegaba a mi oficina todas las mañanas, escribia cosas lindas, y deje unas paginas en mi agenda para escribir las razones por las que debia amarlo, al cabo de unos pocos dias tenia muchas razones (su forma de ser, su amor por mi, su caballerocidad, su preocupacion, sus detalles, su responsabilidad, su fidelidad, su liderazgo, ......muchas cosas) y yo las leia siempre incluso el, un dia encontro el escrito y se sorprendio asi mismo, porque no sabia que tenia tantas cualidades para mi y pude decirle que de verdad lo amaba.

Lo mas importante creo es sentir la verdadera intencion, si no fuera asi las cosas no se hubieran dado.

En un comienzo fue dificil, pero gracias a Dios no imposible, porque valio la pena por mi, por el, por los niños y por todos.

Mona

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18 de abril de 2006 a las 21:29
En respuesta a salvador24

La evolución en el amor
Por
José María Vidaurrazaga

Difícilmente se quiere entrar en estos temas porque se trata de asuntos muy delicados en los que son frecuentes las opciones endurecidas y las pasiones de años de problemas y heridas.

Creo sin embargo que hay que enfrentarlos y hablar claro de los hechos y sus consecuencias. No es sano negar que las opciones humanas tienen resultados objetivos de bien o mal para todas las personas involucradas. Decir "no pasa nada" no logrará nunca reconstruir la realidad personal tan herida en una ruptura.

En todas las familias se producen circunstancias difíciles. Es cierto que la frecuencia y el grado de dificultad de estas circunstancias van a depender de cómo haya ido desarrollándose la vida conyugal de la pareja a lo largo del tiempo. Pero no hay que asustarse porque esto pase, pues todas las familias, inevitablemente tendrán que ir afrontando y resolviendo estas difícultades si quieren seguir adelante. Naturalmente que según como se afronten estas circunstancias, se obtendrá un avance en la vida familiar o un retroceso, que algunas veces puede ser tan grave, que, lamentablemente, tengamos que hablar más delante de familias en circunstancias difíciles.

1. Divergencia y convergencia.


Si bien el casamiento libremente aceptado reúne a los novios transformándolos en "una sola carne", esta unidad no deja de descansar sobre la dualidad de personas que la componen. Y, por intenso que sea su amor, los recién casados notarán rápidamente que, a pesar de ser uno, continúan siendo dos.

La pareja, a la búsqueda de su unidad, debe de vivir hoy de manera que mañana pueda seguir siendo pareja. Los esposos, en perpetua búsqueda de la unidad, pueden pasar de la convergencia a la divergencia: Su existencia es encuentro o desencuentro.

a. La indispensable unidad.

Primeramente, la unidad es muy necesaria para los esposos y consecuentemente para la familia que ellos fundan. Se convierte en una necesidad el alcanzarla.. Hay que llegar a ella porque es cuestión de vida o muerte en relación al amor. En efecto, un matrimonio no puede vivir y sobrevivir si no logra unirse sólidamente para hacer frente a todas las eventualidades, vencer los innumerables obstáculos que surgen inevitablemente en el transcurso de toda existencia humana, para construir su felicidad.
La felicidad para los cónyuges sólo es posible si se integran verdaderamente uno y otro, alcanzando la exigencia de amor que consiste en construir una profunda unidad. No hay amor sin unidad; no hay felicidad sin amor; por lo tanto no hay felicidad sin unidad. La necesidad de unidad se coloca, consecuentemente, en un primer lugar absoluto, como espontánea exigencia del propio amor.

En segundo lugar, es un imperativo impuesto por la vida en común. Tantas opiniones como cabezas dice el viejo proverbio latino. Sin embargo, en la vida conyugal, como en cualquier otra existencia, es necesario decidir, tomar una orientación determinada en relación con un fin frente a las diversas realidades que enfrenta la pareja. Es preciso por ello llegar a poseer una visión común de los problemas, una inteligencia en común de las cosas y de las personas, una voluntad común con respecto a lo que debe hacerse, una libertad común ante las múltiples opciones. Sin esta unidad que habrá que elaborar poco a poco, es muy posible que la vida de los dos se convierta en una serie de conflictos insolubles, debido a los cuales los esposos vivirán en un estado de perpetua oposición.

La unidad es condición de la paz; sin ella, el hogar se convierte en un nido de víboras, como afirmó Mauriac, donde cada uno trata de engullir al otro.

En tercer lugar, la necesidad de unidad surge del hecho de que la vida conyugal no es sólo una sociedad con dos miembros, como muchos creen. Una vez iniciada, se enriquecerá, antes o después, con los hijos, que crearán la comunidad familiar y constituirán ante los padres una viva exigencia de unidad. Efectivamente, los hijos sólo pueden crecer y encontrar su equilibrio y su felicidad en la paz. Y según lo que acabamos de decir, es evidente que la paz sólo se elabora en la unidad. Si los padres chocan entre sí, si viven en perpetua divergencia con relación a todo o casi todo, si no consiguen elaborar un comportamiento común y definir idénticas directrices en materia de educación, el hogar se convertirá en un infierno..


b. La unidad difícil.

Hay que dejar en claro que esta indispensable unidad no es algo automático y que tiene dificultades que la pareja ha de ir superando a lo largo de su vida matrimonial, si quieren llegar con sus hijos, a ser una familia feliz. ¿Cuáles son los elementos principales que dificultan la realización de la unidad conyugal?

Dos personalidades.
La primera dificultad consiste en armonizar dos personalidades distintas y a veces aparentemente imposibles de un entendimiento mutuo. Cada ser humanos es irrepetible y distinto a todos los demás; por ello decimos que tiene una personalidad propia. En la vida conyugal las dos personalidades de los esposos se sitúan frente a frente y, si no son capaces de conjugarse, vivirán en una permanente divergencia.

Dos egoísmos.
De forma inevitable, aparentemente, todo ser humano está predispuesto a un egoísmo congénito.
El egoísmo es, manifiestamente, una gran dificultad para la unión, porque se convierte en obstáculo. Amamos a otro porque pensamos en nosotros mismos. Nadie lo reconoce, pero el hecho existe.
Este vicio congénito es inevitable, y se prolonga a lo largo de toda la existencia de la pareja. El matrimonio se ve constantemente amenazado por el retorno del egoísmo, que compromete tanto el amor como la unidad.
Los conflictos son inevitables. Resulta algo normal, y el que alguien se asombre demostraría no entender nada de las cosas del amor. Pero, si bien resulta natural, cualquier conflicto nacido del egoísmo es peligroso, porque, de conflicto en conflicto, puede ocurrir un apartamiento recíproco que se convierta en desunión crónica.
A los dos elementos ya mencionados se añade un tercero, y de no escasa importancia: la diversidad de educaciones.

Dos educaciones.
En la más optimista de las hipótesis, suponiendo que ambos cónyuges sean del mismo nivel social y cultural, lo cual no ocurre siempre, la diferente educación familiar crea una nueva dificultad.

Efectivamente, cada familia se estructura según un ritmo propio. Tiene sus valores, sus tabúes, sus particulares factores humanos, sus hábitos, sus criterios, sus costumbres. Todo esto, muy entremezclado a lo largo de la vida de una comunidad familiar, constituye una herencia específica que se lleva durante el resto de la vida.

Cuando se lleva a cabo el matrimonio, encuentra en esta diferencia la fuente de numerosas dificultades. En primer lugar se da una desvinculación de los cónyuges y sus familias. Para fundar un nuevo hogar es necesario dejar el antiguo. Esta ruptura es frecuentemente dolorosa. La joven esposa tiene, casi siempre, la tendencia a permanecer estrechamente ligada a los suyos, y no es extraño verla introducir en su hogar todo su entorno familiar. Ello creará la imposibilidad al marido de aproximarse a ella.. Además lo mismo puede ocurrir del lado del marido. Existen muchos hombres que no han cortado el cordón umbilical aunque tengan cuarenta o más años. Estos falsos adultos -falsos, porque no poseen más que la apariencia exterior de adulto- someten a su hogar, esposa e hijos, a la exasperante omnipresencia de su propia familia. Es necesario poner de relieve que, cuando la dependencia filial cobra un carácter permanente, es difícil que la esposa logre unirse estrechamente con su marido. También aquí queda comprometida la unidad.

Enfrentamiento.
Ante todas estas dificultades, los cónyuges se enfrentarán. Si el amor es auténtico, dará a cada uno, la gran paciencia requerida para quitar, uno a uno, estos elementos conflictivos; pero para ello será necesario tiempo y una robusta salud psicológica. La unidad conyugal no es un don. La unidad es una conquista que sólo se lleva a cabo cuando marido y mujer consiguen vencer el enfrentamiento.

c. El estado de divergencia.

Lo que aquí se denomina estado de divergencia es precisamente esta situación explosiva en la cual el enfrentamiento pone en tensión a la pareja desde el inicio de su vida matrimonial. Después de haber convergido ambos por medio de la unión sellada el día de la boda, los cónyuges se encuentra bajo la amenaza de numerosas divergencias, que pueden surgir cuando menos se espera. Éstas no son esporádicas y accidentales; pueden, al contrario, tornarse crónicas y permanentes. La divergencia se convierte, entonces, en un estado. Los esposos se apartan poco a poco, cavando entre ellos el foso de la incomprensión.. Esto no es ser pesimista. Es simplemente ver las cosas como son. Por otra parte, si se comprende este hecho, las manos se estrecharán con mas seguridad, con el propósito de vencer las dificultades.

d. Incomunicabilidad.

Más allá de cualquier consideración filosófica, e incluso cultivando el más sereno optimismo, no cabe discutir este hecho, revelado por la experiencia de cada uno. Se lucha diariamente contra el muro de la incomunicabilidad interpersonal. El marido no consigue hacerse comprender por su esposa ni comprenderla, y viceversa. Los padres no consiguen llegar a sus hijos, y viceversa. Se podría prolongar esta relación indefinidamente. La comunicación es el punto neurálgico de la humanidad. En la perspectiva del matrimonio la forma de que se reviste es muy característica: el silencio.

e. Silencio conyugal.

Recordemos aquí el significativo título de la obra de Maryse Choisy: El ser y el silencio. Nada más adecuado para describir la exasperante situación de tanto matrimonios que, a pesar de varios años de vida en común, son todavía incapaces de comunicarse entre sí. Están atrincherados en un silencio del corazón que nada consigue romper; hablar no sirve más que para asegurar el pacífico cumplimiento de las funciones domésticas. Se pronuncian palabras, no se habla. Es la famosa crisis del silencio.

Surge, generalmente, después de cuatro a cinco años de vida conyugal. Luego de los excesos verbales que acompañan al noviazgo, después de los arrullos que animan la luna de miel, viene el aprendizaje de la comunicación. Se lleva a cabo con cierta paciencia a lo largo de los primeros años. Se conversa, se habla, se intenta explicarse uno a otro, se hacen esfuerzos en el sentido de comprenderse mutuamente. Se tiene una actitud atenta y receptiva.

Pero, muy pronto, se percibe que las explicaciones juzgadas como definitivas deben recomenzarse una, dos, cien veces. Poco a poco, se descubre que el camino de la comprensión es el de la repetición. Pero la repetición cansa. Tanto más cuanto que, en el lenguaje conyugal, casi siempre va acompañada por la recriminación. Es el momento en que, inconscientemente , y por una especie de instinto de conservación, nos enclaustramos en el silencio.

Generalmente presenta dos modalidades: el silencio femenino, por paradójico que pueda parecer, es locuaz; mientras que el masculino es lacónico. Este silencio muerto, más mudez que serenidad, más ruido que quietud, amenaza con matar el amor.

f. El abismo disfrazado.

La evolución normal de tal proyecto es que llegue muy pronto la terrible indiferencia que destruye tantos hogares. El amor es un ir y venir interior entre los que se aman. Vive gracias al intercambio, supone una verdadera osmosis de las personas. Una vez destruidos los posibles puentes entre los cónyuges, éstos se ven enfrentados con la soledad, y la pareja se disgrega.

En una primera etapa, el matrimonio de desliza hacia una recíproca indiferencia. Se entrega al conformismo y, después de una tempestad de reclamaciones inútiles, al silencio por ambas partes. No se habla más, no hay más encuentros, y poco a poco, no se ama más. Se persiste en cohabitar porque está la casa, los hijos, las exigencias sociales y, a fin de cuentas, el hábito. Se puede llegar incluso a mantener una convivencia sexual periódica, determinada por las exigencias biológicas de cada parte. Pero allí ya no está presente la vida. La indiferencia envuelve los corazones y el amor está en peligro de muerte.

Permanecen el uno con el otro, pero ya no viven juntos. Se da la impresión de que se ama, pero el corazón no está presente, y los gestos amorosos no son mas que una fachada convencional, una hipocresía necesaria. La frialdad comienza a instalarse y ambos se aíslan, se provocan por medio de sus abstenciones. Después aparece la insensibilidad, un paso más en dirección a la ruptura; el desinterés se establece de modo estable. Suceda lo que suceda, no existe la menor preocupación porque el otro ya no despierta ningún interés. Por fin, la tercera etapa de la desunión conyugal, la indiferencia se vuelve total; se está entonces en estado de disponibilidad afectiva, y basta una mera solicitación oportuna para que se rompan las barreras y el amor se encamine hacia un tercero. La fidelidad se ha vuelto imposible porque el amor no existe más, y el vacío es absoluto. Y si por principios morales, por miedo a las complicaciones, por incapacidad de compromiso, nos atrincheramos en una fidelidad que es una violencia, la indiferencia podrá evolucionar hacia un odio sordo, porque el odio es el reverso del amor, nace del amor en decadencia, rehusado, rechazado. El infierno conyugal se vuelve, entonces, una triste realidad: la destrucción mutua. Porque si el amor es constructivo, el odio es destructivo, y los recursos de que dispone son tan numerosos y tan sutiles como los del amor.

De silencio en silencio, de huida en huida, de incomprensión en incomprensión, el amor queda exhausto, y no quedará más que un recuerdo odioso de lo que podría haber sido esta unión si se hubiese vivido sabiamente.

2. Etapas de evolución del amor.

El amor, atravesando el tiempo, conoce ciertas transformaciones. Como el hombre, que nace, crece, madura y envejece, el amor pasará por diversas etapas. Los esposos, por mucho que se amen, no se amarán siempre de la misma manera. Existen avances y retrocesos, momentos de calma y épocas de crisis. La maduración de la unión se opera lentamente, pero también sufre circunstancias difíciles que obligan a los cónyuges a vivir en estado de alerta, para no irse a pique en estos momentos críticos.

a. La infancia del amor.

Los primeros meses de matrimonio son una época de euforia amorosa. Los conflictos son mínimos; los hábitos, que darán lugar mas tarde a la peligrosa rutina, todavía no están constituidos; el amor es nuevo y está intacto. Surgen, claro está, algunos malentendidos aquí o allí, pero apenas esbozados se superan de inmediato. Se está demasiado ocupado en edificar el futuro: la casa común, el ser común, el círculo de amigos común; después, tarea la más preciosa de todas, el recién nacido, fruto del amor, que lanza a los jóvenes esposos a una esperanza nueva, maravillosamente fascinadora. El amor en esta fase es fácil y generoso.

Sin embargo, no escapará a los embates del tiempo. Una primera crisis, la de la desilusión, sacudirá el hogar naciente. Aparece entre el segundo y el tercer año de matrimonio. A la luz radiante pero engañosa del noviazgo, se había construido uno de otro una imagen ideal. Después, cuando los días comienzan a sucederse con cotidianidad reveladora, llena de pequeñas cosas, la imagen ideal comienza a desvanecerse. Era fácil soñar con el otro cuando no estaba presente, es arduo vivir con él cuando se está siempre juntos, y se revela imperfecto con el paso del tiempo.

Viene entonces la etapa del primer desajuste. Ambos se amaban antes como en un sueño; ahora, habrá que amar la realidad. Esto supone, que para vencer esta crisis de desilusión, se apliquen a aceptar al otro en su imperfección, a amarlo hasta con sus limitaciones.

Ésta es la época en la cual el matrimonio se constituye realmente. Donde sólo había una fascinación impetuosa, aparece un esfuerzo constante. Menos arrobamiento, y mas paciencia recíproca.

b. La juventud del amor.

La pareja entra, ahora, en la segunda etapa de su evolución. Las primeras dificultades han sido vencidas, los dos o tres primeros años han corregido las perspectivas ilusorias del comienzo, el amor se ha cristalizado en la realidad cotidiana.

Hacia el quinto año, el matrimonio entra en posesión de sí mismo. La fase de adaptación terminó; hay un mutuo conocimiento que impide mayores roces. Ya están presentes los hijos, dando sentido al hogar; en esta época el amor se instala definitivamente.

¡La juventud del amor! Como todo lo que es joven crece, madura, se robustece y adquiere fuerza. Hombre y mujer están en estado de encuentro; su presencia es constante en esta etapa. Quizá sea este el momento en que el amor es percibido como más sabroso y esperanzado.

Sin embargo, no todo ocurre sin peligros. Si el matrimonio obedece a la ley de la convergencia, se encuentra en la firme posición que implica una felicidad de hecho. Pero, si por desgracia, se ha malogrado cuando la primera crisis de la desilusión, y no consigue encontrar su ritmo, el tiempo lo precipitará en la segunda crisis, la del silencio. Ya nos hemos referido en anteriormente a este enorme peligro. Si marido y mujer, en vez de avanzar uno en dirección al otro, superando las decepciones inevitables que surgen en el transcurso de los primeros años, se atrincheran en el silencio y en el conformismo, entran, más o menos en esta época, en una etapa decisiva.

Vencer al tiempo, y a este segunda crisis, es indispensable para que sobreviva el amor. Esta fase segunda, crítica por excelencia, es la piedra de toque de la durabilidad de la unión. Una vez vencida, da paso al tercer momento, el de mayor felicidad: el amor de madurez; pero, si el tiempo victorioso envuelve al matrimonio en el silencio, ambos avanzan en dirección a la crisis de la madurez.

c. La madurez del amor.

Se han acumulado una quincena de años, y se tiene un pasado: la infancia y la juventud del amor, la primera y la segunda crisis. Si el matrimonio logra vencerla, se puede creer que está definitivamente consolidado. El tiempo se torna, ahora, un precioso aliado.

Los esposos, jóvenes en otro tiempo, quizás hayan perdido el brillo de la juventud, pero han adquirido la profunda apertura de la madurez. Plenamente hombre y plenamente mujer, ambos han llegado a la cumbre de la virilidad y de la feminidad, respectivamente.

El amor se ha hecho fuerte, purificado de toda vacilación, y sus raíces son tan profundas en el tiempo que el hogar no podría ser turbado por ninguna oscilación. Es la hora de la madurez en el amor. Todavía joven, pero con una juventud madura, mas vigoroso que nunca, vive con serenidad y estabilidad. Son, verdaderamente, los años mas hermosos de la vida conyugal, en los cuales la felicidad es tan grande, y está tan bien integrada en la vida diaria, que se desarrolla sin que nos demos cuenta siquiera de ello. La felicidad, el amor y la vida se han vuelto una sola y misma cosa.

Pero también en esta época es posible que se produzca lo contrario. Porque si el matrimonio, en lugar de vencer las dos primeras crisis, ha salido de ellas con ciertas vacilaciones, incapaz de encontrar mas allá del silencio el camino del diálogo y de su unidad, es probable que choque, hacia los quince años de vida en común, con una tercera crisis, con frecuencia fatal: la de la indiferencia. Anteriormente ya se ha explicado esto.

Es una hora fatídica, ya que, rodeados por la indiferencia, los esposos recobran entonces su disponibilidad afectiva. Cuando el amor no existe más, siempre hay lugar para "un nuevo amor", tanto mas seductor cuanto que, habiendo sido el primero un fracaso, se apega uno desesperadamente a esta segunda promesa, que quizá sea la última posibilidad. Entonces, el matrimonio se separa, la vida en común se transforma en un infierno, y se consuma la ruptura.

Resulta indispensable evitar este fracaso, que proviene del tedio. Para lograrlo, el matrimonio tiene que quebrar la rutina que lo domina. Todo lo que es habitual termina por engendrar la indiferencia. También es necesario que marido y mujer se concedan momentos privilegiados en los que rompan la monotonía inevitablemente acarreada por el tiempo; si no es así, fácilmente se caerá en la indiferencia.

Para evitar este desenlace y preservar la lozanía del amor, es indispensable saber practicar -con mesura y ponderación- el arte de la ausencia. Para devolver al amor la fuerza inicial, todos deben someterse periódicamente a una cura de ausencia. Marido y mujer deberían tener vacaciones solos, pero también tenerlas solos y juntos. Esto ayudará, sin lugar a dudas, a superar la inexorable marcha del tiempo y a salvar de esta crisis de indiferencia los quince años de vida conyugal, amenazados seriamente.

d. El mediodía del amor

Suponiendo que el matrimonio haya sabido vencer al tiempo y que su amor haya alcanzado esta feliz madurez que mencionábamos antes, ¿debe dejar de temer el paso de los años? ¿Está, desde ahora, a salvo de los sutiles ataques del tiempo?

La experiencia revela que no. Un nuevo peligro surgirá con el mediodía de la vida. Esto ocurre entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años.

En la mujer, por una parte, es el difícil momento de la menopausia. Este fenómeno no es exclusivamente biológico. Por el contrario, provoca serios trastornos, tanto desde el punto de vista psicológico como desde el meramente físico. Claro está que algunas mujeres escapan a ella, y la cuestión se resuelve sin complicaciones. Sin embargo, para la mayoría constituye un cambio violento, que con frecuencia transforma a la esposa, hasta entonces afectuosa y tierna, en una mujer fría, irritable e irritante.

Por otra parte, simultáneamente, el hombre -algo mayor- pasa por una transformación que, aunque diferente, no deja de ser importante. Podría decirse, en cierto modo, que paralelamente al fenómeno de la menopausia, se da en el hombre un fenómeno de andropausia. Del mismo modo que la mujer pierde un atributo de su feminidad -la fecundidad- el hombre pierde un carácter de su virilidad: el vigor de su potencia sexual. Sin embargo, antes que disminuya para después extinguirse prácticamente durante la senilidad, experimenta un recrudecimiento que hace que el hombre vuelva a la adolescencia. Entre el adulto que bordea la vejez y el adolescente que llega a la pubertad, hay algo en común: la necesidad de probar su virilidad, su capacidad de conquista. Así vemos a hombres de edad más que madura, honrados padres de familia, hasta entonces buenos esposos, pasar por una extraña crisis durante la cual, olvidando su respetabilidad, se comportan como adolescentes. Fenómeno curioso, en ocasiones ridículo, triste y chocante, que corre el riesgo de despertar en ellos el gusto -necio, pero violento- por ciertas aventuras, en las que creerán descubrir su segunda adolescencia.

Si el matrimonio, en el momento en que se produce este impulso, está minado por la crisis de la indiferencia, este período puede ser fatal. De pronto, se entera uno de que cierto marido que, según todas las apariencias, se conducía según las normas de un buen padre de familia, se ha permitido el lujo de dar un escándalo y destrozar su matrimonio.

En cambio, si el matrimonio entra en esta fase con una plena armonía, vencerá fácilmente las dificultades inherentes a este momento de la evolución, y su unidad no estará comprometida para nada. Abordará entonces la etapa siguiente de su larga peregrinación amorosa a través del tiempo, y entrará en el reposo de una madurez recobrada.

e. El renacimiento del amor.

Es el momento del renacimiento del amor. El tiempo ya ha avanzado mucho. El matrimonio llega la fase de la existencia en la que, sin estar todavía en la vejez, se desarrolla una segunda madurez, durante la cual el amor, triunfante, avanza sin percances y se encamina hacia un reposo lleno de ternura, de recíproco reconocimiento, de amistad definitiva. Los hijos han crecido, el tiempo ha pasado, las crisis han sido vencidas, el amor ha cristalizado definitivamente, las vidas se han fundido, se ha logrado la paz, y se tiene todavía una última juventud, antes de que se extinga la vida.

f. El reposo del amor

Vendrá, por último, la hora del reposo, en que el hombre y la mujer, habiendo envejecido en el amor, sólo tendrán reconocimiento el uno para el otro. Ni siquiera la dolorosa perspectiva de la muerte podrá perturbar la vejez del amor. Haberse amado hasta la muerte no es un privilegio sino una victoria.

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Muy interesante, salvador
Me ha gustado mucho leerlo y lo comparto. Muchas gracias

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18 de abril de 2006 a las 21:44

Eso mismo quisiera saber yo...
Hola, arriba escribi un post, pues estoy confundida, estoy separandome, tenia un mante, bueno, ahora ya no le tendria que llamar amante, no se, la cOsa es que a veces me planteo, dejarle, y volver con mi ex,Pues el insiste en que volvamos, ha pagado sus errores ya de mil maneras, pero ME DA MIEDO NUNCA MAS VOLVER A SENTIR AMOR POR EL, AHORA MISMO, NO SIENTO MAS QUE CARIÑO POR EL, ES LINDO, CARIÑOSO, PERO NO ME APETECE BESARLE NI NADA, CREO QUE EN MI CASO SI SERIA DIFICIL, DESPUES DE LO BIEN QUE LA HE PASADO CON OTRA PERSONA, VOLVER A SENTIR ALGO POR EL....PUES CREO QUE EN MI INFIDELIDAD....ME HE ENAMORADO, Y LO UNICO QUE ME HARIA VOLVER CON MI EX, SERIA EL MIEDO A QUEDARME SOLA Y BURLADA POR MI AMANTE.

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18 de abril de 2006 a las 22:01
En respuesta a curiosa261

Eso mismo quisiera saber yo...
Hola, arriba escribi un post, pues estoy confundida, estoy separandome, tenia un mante, bueno, ahora ya no le tendria que llamar amante, no se, la cOsa es que a veces me planteo, dejarle, y volver con mi ex,Pues el insiste en que volvamos, ha pagado sus errores ya de mil maneras, pero ME DA MIEDO NUNCA MAS VOLVER A SENTIR AMOR POR EL, AHORA MISMO, NO SIENTO MAS QUE CARIÑO POR EL, ES LINDO, CARIÑOSO, PERO NO ME APETECE BESARLE NI NADA, CREO QUE EN MI CASO SI SERIA DIFICIL, DESPUES DE LO BIEN QUE LA HE PASADO CON OTRA PERSONA, VOLVER A SENTIR ALGO POR EL....PUES CREO QUE EN MI INFIDELIDAD....ME HE ENAMORADO, Y LO UNICO QUE ME HARIA VOLVER CON MI EX, SERIA EL MIEDO A QUEDARME SOLA Y BURLADA POR MI AMANTE.

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Te he contestado a tu post
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18 de abril de 2006 a las 23:00

?
Es posible que puedas volver a querrer nuevamente a tu pareja o después de una infidelidad no queda nada?

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14 de julio de 2006 a las 5:34
En respuesta a curiosa261

Eso mismo quisiera saber yo...
Hola, arriba escribi un post, pues estoy confundida, estoy separandome, tenia un mante, bueno, ahora ya no le tendria que llamar amante, no se, la cOsa es que a veces me planteo, dejarle, y volver con mi ex,Pues el insiste en que volvamos, ha pagado sus errores ya de mil maneras, pero ME DA MIEDO NUNCA MAS VOLVER A SENTIR AMOR POR EL, AHORA MISMO, NO SIENTO MAS QUE CARIÑO POR EL, ES LINDO, CARIÑOSO, PERO NO ME APETECE BESARLE NI NADA, CREO QUE EN MI CASO SI SERIA DIFICIL, DESPUES DE LO BIEN QUE LA HE PASADO CON OTRA PERSONA, VOLVER A SENTIR ALGO POR EL....PUES CREO QUE EN MI INFIDELIDAD....ME HE ENAMORADO, Y LO UNICO QUE ME HARIA VOLVER CON MI EX, SERIA EL MIEDO A QUEDARME SOLA Y BURLADA POR MI AMANTE.

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Eso mismo quisiera saber yo.
MI QUERIDA CURIOSA261, YO SOY UNA MUJER CASADA POR TODAS LAS DE LA LEY, PERO ANTES DE ESO FUI ENGAÑADA DURANTE MUCHO TIEMPO Y SIN DARME CUENTA DE ELLO, CUANDO ME ENTERE, CREEME QUE TODO SE HABIA DERRUMBADO, Y POR COSAS DEL DESTINO VEIA A ESA PERSONA CASI TODOS LOS DIAS EN MI TRABAJO, EN FIN UN DIA ME PUSE DE RODILLAS A PEDIRLE A DIOS QUE POR FAVOR PUSIERA EN MI CAMINO A UN HOMBRE QUE ME QUISIERA Y ME RESPETARA Y QUE NO ME IMPORTARIA SU CONDICION SOCIAL, EN FIN PARA NO CANSARTE CON EL CUENTO, YO YA ERA PROFESIONAL Y ME CASE CON UN HOMBRE DIEZ AÑOS MENOR QUE YO, CON QUIEN TENGO UNA HERMOSA FAMILIA Y COMO FRUTO UN HERMOSO HIJO. PUEDES BUSCAR UNA NUEVA OPORTUNIDAD Y NO QUEDARTE CON ALGUIEN POR COMPROMISO O PORQUE SOLO NECESITAS COMPAÑIA.

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14 de julio de 2006 a las 18:14

Me pasa mas o menos lo mismo
Yo tb estoy casada y desde que he sido infiel ha cambiado todo con mi marido, no me atrae nada, no quiero estar con el, ni siquiera hablamos como antes, se que con mi amante no llegaré nada mas que a eso..a ser amantes, pero tb se que lo que siento ahora por mi marido ya no es lo que era antes y se da cuenta, le he llegado a plantear hasta que nos demos un tiempo..pero claro no entiende que de repente no le quiera (tampoco sabe que tengo un amante claro), en fin que te entiendo y tengo mucha presión pq siento la necesidad de querer estar sola con mis hijos y al mismo tiempo me frena el saber que su reacción no será buena pq ya me ha dicho q no sabe estar sin mi y q me quiere. Solo quiero decirte que te entiendo y q se pasa mal. Un beso y suerte.

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14 de julio de 2006 a las 20:04
En respuesta a teresa128

Muy interesante, salvador
Me ha gustado mucho leerlo y lo comparto. Muchas gracias

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31 de octubre de 2006 a las 5:43

Te dire la verdad...
el amor simpre esta ahi pero nunca vuelve a ser lo mismo, la otra es que el amor nunca regresa, y la otra es que nunca se puede recuperar lo perdido...y asi es...

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2 de febrero de 2007 a las 17:52

Ser feliz
EN ESTA VIDA SOLO HAY UN OBJETIVO SER FELIZ.

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2 de febrero de 2007 a las 18:50

...
Pues, que te puedo decir¿¿, piensa si en efecto quieres seguir con tu esposo, y si en el pasado no fuiste honesta, está es la oportunidad para serlo contigo primeramente y luego conm tu marido, habla con el, dile que ya no es lo mismo, y lleguen a una conclusión, y si pasado el tiempo las cosas no mejoran, pues entonces es momento de tomar una descisión para cerrar el círculo, y que tú puedas ser feliz, aunque la felicidad 100 por ciento no existe, así que se honesta en está ocasión, y resuelve tu vida para que no vivas en el ácido los días que te queden, por que si no, te amargarás y de paso a los demás, así que te deseo lo mejor y suerte...

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31 de julio de 2007 a las 6:02

Quiero regresar con el pero lo amo pero estoy con otro
hola no saben a ese chico o amo demasiado lo extraño lo quiero ver lo quiero besar abrazar y decirle que si voy a estar con el para siempre como hemos dicho siempre, pero estoy con alguien y no quiero que sufra esa persona pero al otro lo amo demasido lo quiero y nose hacer

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